Noveno largometraje del realizador iraní Abbas Kiarostami (Teherán, 1940). El guión es original del propio Kiarostami. Se rueda en escenarios reales de la periferia y de las afueras de Teherán (Irán). Gana la Palma de oro de Cannes “ex-aequo” con “La anguila” de Shohei Imamura. Producido por Abbas Kiarostami para Abbas Kiarostami Productions (Irán) y Ciby 2000 (Francia), se proyecta por primera vez en público en mayo de 1997 (Cannes).
La acción dramática tiene lugar en las afueras y la periferia de Teherán a lo largo de una jornada de 24 horas de un día festivo del otoño de 1996. El Sr. Badii (Ershadi), al volante de un Range Rover, busca discretamente un hombre que quiera ayudarle a suicidarse asumiendo el compromiso de cubrir con tierra la fosa en la que va a quedar el cadáver. La fosa está preparada junto a un arbusto próximo a la carretera. Entra en comunicación con un chatarrero iraní que cree que le hace una invitación sexual, con un joven soldado kurdo (Moradi) que huye aterrorizado, con un joven seminarista afgano (Noori), con un vigilante afgano y con el Sr. Bagheri (Bagheri), un maduro empleado turco del gabinete de ciencias naturales de un centro de estudios, aficionado a la taxidermia. Badii es de media edad, está cansado y se siente desesperado. Por causas que no se revelan explícitamente, desea suicidarse, objetivo ilegal en una sociedad, como la iraní, que condena y castiga el suicidio y considera a los suicidas como delincuentes merecedores del desprecio público.
El film suma drama y crónica social. Badii no desea ni ceremonias ni lápidas memoriales. Desea sólo recibir sepultura en un lugar digno, que ya ha elegido, y de manera digna. Ambas cosas le preocupan y por ello está dispuesto a pagar una suma relativamente importante de dinero a quien se preste a cumplir sus últimos deseos. No se explica, pero se sugiere a través de diversas indicaciones e informaciones, que desea suicidarse para tener una muerte digna, como la que no pudo tener su padre, que falleció tras una larga y penosa enfermedad. La probable noticia de la enfermedad terminal no le ha hundido anímicamente, ni le impide razonar y proyectar un plan minucioso de acción. Se basta a sí mismo para adquirir los somníferos, elegir el lugar del enterramiento y excavar la fosa. Le falta la persona que se preste a cubrir de tierra la fosa para no molestar a nadie, no provocar malas impresiones, no alterar el orden del lugar y no interrumpir la rutina del trabajo de nadie. El film no dice explícitamente si Badii llega a consumar su propósito. Se manifiesta a través de diversas sugerencias: la hermosa puesta de sol que el protagonista observa desde un mirador elevado sobre la ciudad, las nubes de tormenta que cubren la luna, el aguacero que cae sobre la localidad, su acomodo en la fosa, el fundido en negro que le sigue.
(Sigue sin “spoilers”)
spoiler:
El epílogo, grabado en video, muestra una compañía de soldados en formación que interrumpe la marcha para descansar junto al arbusto, lugar de la fosa cubierta, sin advertir nada extraño. Es la última escena que el realizador filma para incorporar al relato cinematográfico.
La narración combina largos diálogos en el interior del todoterreno y secuencias contemplativas, un ritmo pausado y silencios meditativos, un estilo lírico y formas minimalistas próximas a la abstracción. Plantea preguntas, sugiere cuestiones polémicas e invita a la reflexión. Se inspira en un poema legendario, del poeta y matemático persa Omar Khayyam (1048-1123). Trata desde distintos puntos de vista el suicidio (soldado, seminarista, trabajador que cuenta su experiencia personal y el suyo propio). Incorpora ironía, humor negro, humor absurdo y autocrítica. Compone una bella parábola sobre la vida, las pequeñas cosas que dan la felicidad (el sabor de las cerezas, de las moras de árbol ...) y la condición humana. Se refiere a aquello por lo que vale la pena vivir. La religión, para él, no es un escueto código de reglas morales, es otra cosa y es mucho más. Reflexiona sobre el valor de la vida humana. Propone elípticamente el suicidio como solución del sufrimiento sin sentido, la desesperanza sin solución, los prejuicios morales y físicos que una enfermedad prolongada y dolorosa provoca en los allegados y familiares. Formula más preguntas que respuestas, pone en duda la certeza de muchas cosas y propone reformular los principios desde la racionalidad, la experimentación empírica y la superación de viejos prejuicios. La comprensión del relato requiere entender los símbolos que salpican el relato y la singular capacidad del realizador para insinuar y sugerir. La cinta contiene una experiencia parcialmente autobiográfica: las tentaciones suicidas que embargaron al realizador a raíz de un divorcio doloroso.
La banda sonora, breve y compuesta de música popular iraní, añade la canción “Khoda Bowad Yaret (“Dios mío sé su protector”), a cargo del cantante Ahmed Zaher. Acompaña los títulos finales con una adaptación de “St. James Infirmage”, de Louis Armstrong. La fotografía, de Hemayum Payvar (“Y la vida continúa”, Kiarostami, 1991), en color, pone en relación el relato con colores terrosos, el polvo del paisaje y con sus formas extrañas y a veces fantasmagóricas. Hace uso de tomas largas, combina lo distante y lo próximo (creando sensaciones de suspense) e intercala largos silencios. Es una obra compleja, ambigua y fascinante. La exhibición del film se prohíbe en Irán, pero consagra a Kiarostami como realizador internacional.
Bibliografia
Josep MARIN BARBER, “El sabor de las cerezas”, ‘Miradas de cine’, nº 49, abril 2006.
Jaime NATCHE, “El sabor de las cerezas”, ‘Miradas de cine’, nº 74, mayo 2008.
Jonathan ROSENBAUM, “El sabor de las cerezas”, ‘1.001 películas que hay que ver antes de morir’ (Steven Jay Schneider), Grijalbo Ed. (versión española), Barcelona 2006.