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El vampirismo crepuscular de John Carpenter
Una puesta de Sol tiñe de rojo las nubes que la envuelven. Una sintonía rock reincidente, magnífica y minimalista suena a ritmo de líricas vistas aéreas de paisajes desérticos filmados en esplendoroso Scope. La emoción crece, las expectativas se dilatan tras cada segundo de proyección. Por fin, la respuesta: VAMPIROS de John Carpenter, el título, surgiendo de la árida muerte del desierto como si de las mismísimas llamas del Hades se tratara. Estamos ante la mejor película del maestro Carpenter desde LA COSA, un western crepuscular en el que, de un modo prácticamente casual, se le introduce el tema del vampirismo. No importa. Esto es un poema acerca de la melancolía, la decadencia, el hundimiento de la dignidad humana, con personajes demacrados, brutales, acabados, incapaces de amar porque no se aman a sí mismos, perdedores que no por ello dejan de ser menos admirables. Jack Crow (un espléndido James Woods) interpreta al más genuino antihéroe del cine desde SIN PERDÓN y Carpenter demuestra que no está para modas estúpidas ni demencias seniles por parte de (¡dulce ironía!) cineastas que se consideran "modernos" solo por poner la cámara al revés, abusar de filtros azules y disponer de 100 millones de dólares de presupuesto. Carpenter es un viejo zorro y, siento mucho decirlo, eso ya no está de moda. Ya no interesa la coherencia de personajes, la belleza sin sensiblería, la coherencia y el estilo depurado, no, hoy se lleva el videoclip y el exceso, el aburrimiento a base imágenes hiperbólicas, ametralladas, insoportables. Quizás por ello, esta magistral lección de sobriedad y elegancia narrativa ha pasado desapercibida por la mayoría de espectadores actuales, demasiado elitistas y ocupados en sus reflexiones filo-gays y postmodernas, muy al margen de lo que es EL CINE, así, en mayúsculas. Terror, acción, diálogos brillantes, ritmo vibrante y una historia muy bien contada, sin trampas, sin chorradas, directo al grano y mostrando las cosas como son. Una obra maestra disfrutable, sencilla a la vez que profundísima, tremenda a la vez que extrañamente hermosa, intensa a la vez que sosegada, clásica, brava y auténtica.
Joan Ayllón Avia 
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