La premisa es clara: los adorables y entrañables pajarillos que nos rodean (a menudo enjaulados egoistamente para mantener su compañía) se han rebelado sin causa aparente o a lo mejor sí, ¿no se inicia todo en una pajarería?
Casi me imagino al malévolo genio del suspense mientras maquinaba esta obra maestra disfrutando con toda la carga irónica que tiene y ese punto de mala leche y peor intención.
Sigue siendo una película inclasificable dentro de su filmografía, con una habilidad técnica suprema consiguiendo una tensión pura prescindiendo hasta de la música (aunque el genial Bernard Hermann se encargó de controlar la multitud de efectos sonoros que tiene). Los artificios visuales también son excepcionales (no olvidemos que ahora todo es muy fácil con el ordenador, pero entonces no había) y nos creemos que aparecen miles y miles de pájaros que atacan aunque esto no era así y muchos estaban disecados o no eran reales.
Hay tensión provocada por los enfurecidos pajaritos, terror, pero también interesantes relaciones personales, de carácter sexual entre los protagonistas o por la influencia de la posesiva madre que siempre intenta expulsar a las hembras que acuden a la jaula en la que acoge y se siente protegida por su hijo.
spoiler:
En cuanto al famoso y discutido final creo que hay que leer entre líneas: si se observa con detalla el último plano mientras el coche se aleja entre los aleteos y graznidos, ¿no indican éstos acaso euforia y convencimiento de victoria por parte de los cada vez más numerosos y organizados animalitos? No me cabe duda de lo que les esperaba a los protagonistas al final de su viaje.
Desde luego que nada es serio ni científico, es una ficción disparatada, terrorífico entretenimiento.
Aunque hubiese querido, Hitchcock no podía ser más explícito en aquellos años.