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CIUDAD HONRADA, MUERTA Y CON SAMBA
Ciudad de Dios supone una buena dosis de revolución en muchos aspectos. Es una apuesta por las minorías y un abanderado del cine latinoamericano, y es que el cine brasileño es el hermano pequeño que siempre se está fijando en el mayor para parecerse a él, o al menos, tratar de imitarlo. Ciudad de Dios es un compendio de varias de las vanguardias que han aparecido en la última década, y a pesar de sus muchas desventajas frente a otros competidores, ha sabido sobreponerse gracias a un gran esfuerzo de imaginación, voluntad y planificación.
El productor Walter Salles fue el artífice que hizo realidad la filmación de Estación central de Brasil -la película más taquillera del país hasta que llegó Ciudad de Dios - y vuelve a facilitar que esta obra llegue a la mayor parte del mundo. Rápidamente nos adentramos en un interesante tema (la evolución a lo largo de tres décadas -de los 60 a los 80- de un barrio suburbial en Río de Janeiro), pero sobre todo, en una arrolladora forma de narrar. El guión, basado en una novela de más de 600 páginas, más de 300 personajes y ningún protagonista claro, está estructurado en tres partes formales y argumentales. La primera se corresponde con un estilo clásico, la segunda adopta una actitud más dinámica, y la tercera hace un uso evidente de la cámara en mano. Todo ello a través de una historia terrible, real y cotidiana a pesar de lo increíble y lejano del relato, y golpeada por numerosas influencias: Peckinpah, Scorsese, las primeras vanguardias del cine ruso, el neorrealismo italiano, Tarantino, Guy Ritchie, David Fincher, Amores perros, Traffic...
Gracias a una puesta en escena en la que la unión de formatos y técnicas se hace indispensable, a una fotografía y montaje inmejorables, se consigue el ritmo y la intensidad necesarios para hacer realidad una creación global con una originalidad e identidad propias. Quisiera llamarla épica social, pues es un grito de protesta frente al envilecimiento, complicidad y sufrimiento globales. Quizás se eche en falta un mayor afianzamiento protagonista en el fotógrafo Buscapé y el camello Bené, aunque el hecho de que no existan actores profesionales mantiene ese naturalismo realista tan necesario. Conclusión: una sorprendente, excitante y libre obra, arropada por una realización eléctrica, excitante y libre, una superproducción con un fuerte componente documental sobre tribus urbanas, no sólo un film de denuncia social, sino una historia en la que las favelas son el refugio y la perdición, en la que existe una impunidad criminal desoladora, las órdenes son palabra de Dios y la honradez es un tesoro. Para inquietos y buscadores de joyas preciosas.
La Maga 
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