Vale con que Will Smith sea Robert Neville, hacemos un esfuerzo imaginativo y nos lo creemos. Vale con que Neville sea un cruce entre un Navy SEAL y la doctora Quinn, cuesta, pero también nos lo creemos. Vale que el tipo se dedique a hacer el gañán en el Nueva York asolado, en lugar de tratar de preservar el paso de la ya extinta raza humana como hacía el Robert Neville literario, en fin, son pequeñas licencias del guión...Y el caso es que la primera parte tiene garra, entretiene y hasta inquieta, a pesar de que nunca sientes la verdadera soledad de Smith. De hecho, da la impresión de que se lo está pasando bomba y todo.
Pero el final NO. El cabreo con que he salido del cine es considerable. No se me ocurre mayor traición a un texto, a un concepto e incluso a un título. Y ahora, abajo, al spoiler...
spoiler:
En la novela, Neville era un tipo normal y corriente; en su posición como último superviviente humano, luchaba, noche tras noche, contra los vampiros que trataban de capturarle. Consigue matar a unos cuantos antes de que éstos le atrapen y le condenen.
¿Porqué?
Porque ahora ellos son la civilización y Neville es un monstruo, es un asesino de los suyos, es un monstruo, es leyenda. El gran acierto de este final es que, hasta entonces, el lector ha visto a Neville como un héroe, cuando en realidad, el nuevo orden mundial le considera un ser peligroso que mata gente. La gracia está en que si Neville nos fuera presentado como un Grendel o un Godzilla, lo hubiésemos entendido desde el principio.
Por algún motivo que no acabo de entender (no soy americana), uno de los mejores finales de la literatura de ciencia-ficción se convierte en un lamentable panfleto pseudorreligioso y una horrible reformulación del papel del protagonista, al que se entroniza como salvador de la humanidad...Esto sí que es terrorífico y no los zombies.