Desde la clínica una mujer con esparadrapos en los bordes de los ojos observa el accidente de moto de los protagonistas con unos prismáticos, pareciera haberse quemado la mirada con la proximidad de las llamas. Rose es transportada a un hospital en el que una enfermera le aplica cuidadosamente con un bastoncillo un emético a sus párpados cerrados. Pueden adivinarse los movimientos oculares rápidos del sueño. Un mes más tarde, justo antes de que Rose despierte sobresaltada, como de una pesadilla, otro paciente que espera operarse los ojos, se los agranda y contempla delante del espejo. Será la primera víctima de Rose cuya vista, de algún modo, opera un cambio. La segunda víctima, en el granero, tiene una opacidad extraña en los ojos, a la que no se alude. El ojo tiene un protagonismo indiscutible en esta película de Cronenberg.
En el momento de sufrir el accidente, Rose abandona las carreteras del sentido por las que su novio la dirigiera con firmeza para despertar del coma a una realidad agresiva en la que para sobrevivir debe adoptar un rol dominante. En la nueva realidad paranoide, un tercer ojo caracteriza el estado de vigilia perpetua de Rose y la lucidez de sus víctimas. ¿Eres sonámbulo? Le pregunta el doctor a Lloyd cuando ve su herida. Quizá se golpeara estando dormido. Es precisamente un estado sonambúlico del que despiertan los personajes. No es casual que la tercera víctima de Rose, la chica que lee la biografía de Freud, sorprendida por la asesina creyera que “todos estaban durmiendo”.
spoiler:
El personaje protagonista, interpretado por Frank Moore, siempre al margen de la acción, adopta el rol pasivo del espectador. En la escena en la que un rabioso arremete echando babas contra su coche, el personaje se limita a presenciar con una mirada atónita del otro lado del vidrio como un patrullero le ejecuta. El limpia parabrisas se encarga de limpiar las salpicaduras. La muerte de su novia la vive a través del auricular de un teléfono, del que pasa colgado toda la película, e incapaz de hacer nada para evitarlo reacciona golpeándolo furiosamente, destrozando el medio que trasmite el mensaje, no importa que éste sea un auricular o una pantalla de cine, comunicando la impotencia del espectador que no puede participar en la realidad representada. En esto recuerda el final de “La conversación” de Coppola.
El tema de la imposibilidad de la representación, de la ineficacia simbólica, viene relacionado con la ausencia del padre. Una de las víctima espera a ser operada para diferenciar su nariz de la de su padre. Se trata quizá de tomar distancia del Padre. La muerte de un Papá Noel y del amigo del protagonista, el maduro doctor que tiene un bebé, representan otros tantos fracasos del Padre simbólico.
En otro sentido, “Rabid” tiene en común con “La noche de los muertos vivientes” la amenaza universal y apocalíptica y el final desesperanzado con un barrido de cadáveres entre los que se encuentra el del protagonista. Si en la película de Romero se trataba de trabajadores que recogían los cuerpos con ganchos como amasijos de carne, en ésta dos basureros arrastran el cadáver al interior del camión de la basura y accionan el triturador.