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Arrebatadora maravilla.
El enano de un circo se enamora de la bella trapecista Cleopatra, cuando solo quiere casarse con él por su dinero, pensando envenenarle...
No ya un clásico del cine de terror o una innegable obra maestra (hay que ser muy necio y anticinematográfico para llegar a negar tales extremos) sino una de las mejores y más insólitas películas que haya parido el Cine en toda su Historia. Browning alcanzó su cima alumbrando estos "freaks" inolvidables y logró que, todavía hoy, "La parada de los monstruos" empalidezca todo lo que el cine había y ha dicho o intentado decir sobre el horror y el miedo y demás familia hermanado con la ternura y el melodrama (y en el camino quedaría nada menos que la escuela expresionista a la cabeza). Browning, sin el más nimio efectismo, utiliza como único efecto el empleo de actores no profesionales pero verdaderos y reales seres deformes y monstruosos, que esconden tras sus crueles malformaciones un corazón de oro y un código de honor íntegro e irrompible. Por ello, esta película es la mejor expresión jamás filmada del manido lema de "la belleza está en el interior" y es, de largo, la más perfecta y redonda explicación de que, quizás, no sea el ser fisícamente monstruosos el verdadero "freak" sino el ser absolutamente normal, pues el primero tiene unos valores claros mientras el segundo es un dechado de todo menos de ser humano. Humanos monstruos, pues, en esta maravillosa película (la mujer barbuda, dos adultas siamesas, enanos, seres sin brazos ni piernas...), que combina, como he dicho, antitéticos niveles, géneros y sentimientos en un nivel de proeza excitante y mágico (solo dura una hora): lo cruel con lo tierno, lo poético con lo tétrico, lo tierno con lo patético, el amor con la muerte, la muerte con la vitalidad desintegrable de estos seres y así hasta el infinito. Es una película superlativa, del todo mágica, a la par poética y terrorífica, el mejor y más diáfano logro de trasladar el horror puro al celuloide, una obra maestra irrepetible, dónde sin la más nimia pretenciosidad ni ampulosidad se llega a lograr un resultado que sobrecoge, hiela y acuchilla por dentro. Un arrebato pleno, extasiante, único. Una bendita batalla entre David y Goliat, dónde otra vez el auténtico monstruo (allí de verdad, aquí el que no lo parece) cae derrotado, asfixiado y horrorizado ante la fuerza de un grupo que entre la suma de sus carencias logra la mayor de las fuerzas. Ciertamente, ha merecido la pena esperar tanto para ver tan redonda maravilla, tan magistral lección de ética, estética, arte y vida.
kafka 
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