spoiler:
4) Sigue girando
En su tramo final, el guión es imperfecto. La intensidad se difumina. ¿Quién se cree que la policía vaya a tomar una muestra de sangre de Semyon y no se proteja al bebé que está en la clínica?
Para David Cronenberg, la textura del film es lo esencial; y se le desmadeja el hilo narrativo.
El beso final, leve y aséptico, al lado del sumidero de cadáveres, deja bien a las claras que, en ese mundo, no hay lugar para el amor.
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5) La bola se detiene
Todo comienza con el ángel de la muerte en la peluquería. Lleva una navaja. Él no la usa. Pero su presencia nos dice que va a ser utilizada. Es la enseñanza que extraemos de la escena.
Luego, cuando el ángel de la muerte acompaña hasta los baños a Nikolai, sabemos que él no va a matarlo. Se ocuparán de ello los esbirros. Escalofriante.
El ángel de la muerte (o quizás la muerte misma) no se doblega ante nadie. Pero, al hablar con Semyon, un contrapicado lleno de elocuencia subraya la terrible jerarquía. El ángel de la muerte sólo se doblega ante el gran capo de la mafia. Vale decir, ante el diablo, la maldad.
Un demonio lynchiano, secundario e inquietante. No se os ocurra entrar en la peluquería. Manteneos lejos de los baños.
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6) Negro, par y pasa
Negro: adj. Dicho de la novela o del cine: Que se desarrolla en un ambiente criminal y violento, muy violento.
Par: f. pl. Placenta del útero. Su desprendimiento puede causar una hemorragia letal para la madre o el bebé.
Pasa: f. Canalizo entre bajos por el cual pueden pasar los barcos. Y los cadáveres.
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7) Después de la partida
- Lo previsible: El espectador anticipa lo que va a suceder. Intuimos la realidad de Nikolai, la traición de Semyon, los vericuetos de la historia. La intriga está en el cuándo y en el cómo, no en el qué.
- En la crítica de GoVegetarian encontraréis un acertado análisis del problema del acento ruso en la película. En efecto, la lectura en off (inglés rusificado) del diario de Tatiana, es indefendible.
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Cine dentro del cine
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A mi diestra, al lado del pasillo, Macarrones. Nada que reseñar. Su comportamiento fue modélico.
Delante de mí, en lo que debía ser la segunda fila del cine, una pareja de orientales. Llegaron tarde, se hundieron: no asomaban sus cabezas por encima del respaldo. ¿Qué hacían? No lo sé. No puedo estar seguro. Sólo sé que visitaron varias veces los lavabos, en plena proyección. Eso sí, por separado. Entrar en ‘Promesas del Este’ para dedicarse al grato intercambio de fluidos se me antoja inconcebible. Además, el chico llevaba la funda de un instrumento (tal vez, una guitarra) y no paraba de abrirla y de hurgar en ella. No quiero imaginarme el aterrador instrumental que guardaba en ese cofre sospechoso. Brrrrr. Alguien dirá que David Cronenberg es un enfermo, pero como bien ilustra nuestra parejita de orientales, la realidad supera a la ficción.