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Mejor el postre que la comida.
Lo que puede fascinar en pequeñas dosis, si se alarga a la bruto acaba empachando cosa mala.
Devorar esta película de principio a fin es un reto considerable. Primero porque sabes paso a paso lo que va a suceder, al menos en mi caso (y doy por hecho que en el de la mayoría), con lo cual la capacidad de sorpresa es prácticamente nula. Segundo porque reitera demasiado las cosas; sirva de ejemplo el detalle del primer plano de la "boca narradora" (si cortasen y pegasen todas las veces que hace acto de presencia, daría para un buen cacho). Tercero por la ausencia de música, sonando en su lugar un repertorio de ruidos que se vuelve cansino, hasta desagradable.
Hay mucho trabajo detrás. Stop Motion artesanal y firma personal del autor, que da su toque particular a la obra, aunque sólo sea en lo que atañe a la estética pura y dura. Para mi gusto, esta última es más fea que tétrica. No creo que a un niño le resulten atractivos esos muñecotes hechos con huesos, calcetines y ojos de plástico... Me moló la representación de las figuras con cartas y poco más.
El título de mi crítica hace referencia al corto final (que no tiene nada que ver con el resto de la película y es incluso más desconcertante). Me parece de un nivel más resultón que el resto (y grueso) del metraje.
Goatlord 
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