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'Harry Potter y la piedra filosofal' supuso tan solo el primer peldaño de una saga que en sus sucesivas entregas se convertiría en una de las más exitosas y populares de toda la historia del Séptimo Arte y de la Literatura. Y es que razones para ello no le faltan:
* Un argumento original (indudablemente se nota una clara inspiración de las aventuras medievales y bebe directamente de parte de ellas, aunque obviamente ni mucho menos llega a ser un plagio directo) capaz de aportarle algo nuevo al género y de resultar atractivo para todos los públicos de todas las edades.
* Un ineludible encanto que nos convierte en niños durante dos horas y media.
* Una enorme capacidad para mantener fascinado al espectador durante todo el rato, apabullándolo a base de una maravilla tras otra.
Y es que, gracias a todas estas virtudes y logros, el amigo Chris Colombus (todo un artesano capaz de dar lo mejor y lo peor de sí mismo) nos regaló a comienzos de siglo una estupenda película, ideal para disfrutar con las luces apagadas y la imaginación abierta y sin fisuras. Todo ello para contemplar una historia inteligente, plagada de humor y de espontaneidad y de una galería de personajes entrañables que se clavan en el recuerdo de un espectador que, gracias a esta fantasía que logra enganchar, divertir y dinamizar por completo una historia que ya de por sí parece tener vida propia, el espectador regresa a su infancia. Esa infancia sembrada de sueños, aspiraciones, temores y aventuras que uno jamás puede olvidar y que ya forma parte de nuestra propia vida.
Porque todos alguna vez habríamos deseado montarnos en una escoba tan molona como la de Harry o habernos tomado un chicle multisabores.
·LO MEJOR: el ineludible encanto que posee y que se plasma en cada uno de sus fotogramas.
·LO PEOR: su condición de producto comercial.