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Mucho ojo
Cualquier cinéfilo inexperto, ingenuo o listillo (ingenuo engreído) saldrá de los cines con su palestina enrollada al cuello, se colocará sus gafas de pasta y pondrá la mano sobre el mentón mientras hace corrillo con sus amigos intelectuales y bohemios y comentará lo muchísimo que le ha transmitido esta película.
Una vez más estamos ante el engaño del manierismo. Como sucedió con una de las películas más comerciales del siglo pasado, El Mundo de Apu, los espectadores occidentales se dejan seducir con las descripciones de las sociedades foráneas y abren la boca mientras un reguero de baba acompañada con restos de palomitas (los bohemios también toman palomitas) y dicen: mira tú, cómo viven, es injusto, esos fundamentalistas qué mal tratan a su sociedad y a sus mujeres, hay que acabar con ellos.
Si les añadimos unas pizcas de estética "innovadora" el resultado es el aplauso de los bohemios de los festivales y posteriormente de los bohemios que acuden a las salas. Aparte de los bohemios también me imagino a las manadas cinéfilas de más de cuarenta años que salen muy concienciadas del cine y sorprendidas. Imagínense a la típica señora con su abrigo de visón y su permanente comentándole a sus amigas lo impactada que está por cómo han vivido en Irán los vaivenes políticos durante finales del siglo XX.
Bien, constataré que la estética de esta película es apabullante, arrolladora, hermosa, el uso de la música es brillante, pero no me quedo con eso precisamente. Dejando a un lado el humor fácil que impregna sus fotogramas haciendo que los bohemios que me acompañaban en la sala riesen mientras yo me sonrojaba, hay un asunto que me indigna: EL PANFLETO POLÍTICO.
Cualquier panfleto cinematográfico venga de donde venga me irrita, a pesar de que esté de acuerdo con él, la situación de represión que ha vivido Irán me parece repugnante, pero no me gusta pagar para que me den una clase de política unilateral. No se trata de que me enseñen el otro punto de vista, sino de que no me traten como a un gilipollas. No necesito que me abran los ojos y me digan: mira cómo vivimos, esto está mal. Quiero juzgar por mí mismo, el director debe mostrar los hechos y dejar que el espectador decida si acepta su tesis o no.
Pero claro, como el envoltorio es precioso la gente no usa sus neuronas y sale encantada del cine cuando yo, salgo muy cabreado.
Me gustaría volver a ver la película contemplando sus imágenes sin sonido, pero resulta que también son panfletarias. Tendré que proyectarla en el salón de mi casa cuando yo no esté, así sólo se podrá cabrear un vecino inteligente que esté espiando mi hogar con prismáticos.
chobrein 
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