|
Crueldades y delicias del olvido
Intenso drama, de gran aliento poético
Conocida por su rol protagónico en "La vida secreta de las palabras" de Isabel Coixet, la actriz canadiense -de apenas 27 años- debuta con inusual madurez en la dirección cinematográfica, eligiendo la historia de una pareja mayor y cómo repercute en ambos integrantes la enfermedad de la mujer, magníficamente interpretada por Julie Christie. A partir del difícil abordaje de un tema como el Alzheimer, la película realiza una profunda radiografía de sentimientos fundamentales.
Sin restarles emoción ni dureza interior a las secuencias rodadas con un "tempo" pausado y adecuado para la historia, la puesta en escena de un tema tan difícil es realizada sin amatismos extremos, con sobrio equilibrio.
La enfermedad como tema es sí el punto de partida pero no el único eje del film. En medio de la tendencia patológica a perderse y no regresar, el personaje de Christie plantea una lucha interesante, defiende ese frágil hilo que aún la vincula con las cosas, buscando lo que pueda existir de "gracia" en una situación tan desdichada.
La insistencia en que somos algo más que la suma de nuestros recuerdos, de que la memoria no es lo único que importa y que aún perdiéndola, subsisten valiosas percepciones sensoriales habitualmente no valoradas, son constantes que abren y cierran el film, insistiendo en que la memoria y el tiempo son un camino de ida y vuelta imprevisibles, donde el olvido no siempre es cruel, sino que en ocasiones hasta es deseable, tal como reflexiona Fiona, conmovida ante el redescubrimiento del color amarillo en unos lirios que crecen sobre la nieve.
Con una visible voluntad de atender a los aspectos más humanos del cine,
el relato se desliza con una cadencia llena de elegancia que encuentra el punto justo para mostrar las duras consecuencias de la enfermedad sin caer en el sensacionalismo del golpe bajo, contada a partir del montaje paralelo de distintos tiempos, donde importan tanto los silencios como los diálogos, la expresividad de la mirada como la acción exterior, el entorno
más como espejo anímico de los protagonistas, que como belleza puramente estética.
Muy por encima de la calidad media con la que -en el mejor de los casos- suele alimentarnos la cartelera, esta ópera prima de la joven realizadora y actriz canadiense Sarah Polley, aporta a una estimulante línea de cine sobre historias interiores, lírico y sensible.
rouse cairos 
|