|
Last days: el silencio que no cesa
Gus Van Sant, viejo zorro, nos ha dado esta vez una de cal y otra de arena con su nueva obra, "Last days". Y es que en la película navegan cogidos de la mano momentos de gran intensidad dramática y belleza inconmensurable, con otros más flojos e infinitamente aburridos.
Como en "Elephant", Van Sant se vale de unas imágenes llenas de poesía para arrancar trocitos de historia a cuentagotas. Sin embargo, la agonía de un héroe aletargado y asfixiado en su propio éxito sabe a poco, porque en su afán por personalizar hasta lo indecible la historia con silencios cansinos y sobre todo divagaciones innecesarias, Van Sant olvida su principal misión como director de orquesta: mantener el ritmo de todos y cada uno de los elementos de la pieza. Y muy a su pesar, el director de "Mi Idaho privado" no lo logra, porque se pierde en nimiedades absurdas y monólogos exhibicionistas.
Vamos, que este fatalismo organizado no llega a los niveles de onírica belleza de obras contemporáneas (Mallick está todavía lejos), aunque tampoco desmerezca especialmente viendo como está el patio en Hollywood. Y es que "Last days" brilla en su concepción más simple: melodrama puro y duro, con drogas y grunge de por medio, al mejor estilo telemovie, demostrando que quien tuvo, retuvo.
De su protagonista, Michael Pitt, poco, muy poco se puede decir, tal vez un "me gusta cuando callas, porque estás como ausente" del gran poeta chileno.
LO MEJOR: La fotografía.
LO PEOR: El más que evidente declive profesional de Van Sant, que no es otro que el declive de la cultura indie y del sonido "Pixies" frente a la industria de Hollywood y la audacia de las nuevas tendencias.
pablo 
|