Allen traza una comedia sobre desventuras con su clásico humor negro que nos divierte por hora y media, pero al terminar de verla uno no esta seguro si quizás el llanto sea la opción más lógica
spoiler:
Se dice que el artista por su misma condición posee una sensibilidad mucho más elevada que el común denominador, pero eso no lo aleja del género humano, al contrario; igual está plagado de defectos y quizás hasta su forma de ser resulte discordante con la calidez de su obra. Un verdadero artista tiende a poseer un contacto muy directo con su ego, trayendo como consecuencia ó que acepte su talento con gratitud ó un monstruo ególatra que no se limita ante ningún ser por creerse ( y quizás sea cierto, allí reside la ironía) tocado por la divinidad. Basado en este segundo supuesto versa el film de 1999 “Sweet and Lowdown” (Algo como “Dulce y vil”), película de Woody Allen que nos pasea por la historia (falsa) del talento musical de Emmet Ray (en una magistral interpretación de Sean Penn que le mereció una nominación al premio Oscar de la Academia), catalogado como “el segundo mejor guitarrista de la historia”, que a su vez está consciente de sus virtudes artísticas y se regodea en ellas como lo haría un pavo real en la belleza de su plumaje.