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Preciosa tontería, mucho envoltorio y poca sustancia: Wong Kar-Wai, hay que esforzarse más.
Wong Kar-Wai viene ilustrando en sus preciosas (o, mejor, preciosistas) películas una única idea: el amor es la peor de las adicciones. Sus personajes (siempre muy estilosos) circulan por los fotogramas con una elegancia muy medida, pero todos son yonkis del amor con síndrome de abstinencia. La euforia (fugaz) y las larguísimas resacas y desintoxicaciones de los amantes/enamorados con sus correspondientes recaídas es el tema que Wong Kar-Wai explota siempre y que ahora, en «My Blueberry Nights» (junto al alcoholismo y la ludopatía), nos presenta como si fuera una mona de Pascua cinematográfica: figuritas de chocolate, frutas escarchadas de colorines y mucho celofán y lacito. Todo muy aparente para verlo en el escaparate de una pastelería: luego nos damos cuenta de que abusa de los aditivos artificiales y que su postre es pura bollería industrial.
En otras palabras: Wong Kar-Wai cuida lo visual, pero desprecia lo narrativo: su especie de road movie de crecimiento espiritual es muy endeble, recurre a todos los tópicos y emplea personajes inverosímiles. Todo lo que aquí pasa o se dice se justifica únicamente porque está escrito en el guión, no porque en la vida real las cosas sucedan o se sientan así. Sospecho que Wong Kar-Wai habla de lo que no conoce: sus personajes no son personas, son figurines, entelequias, pura sublimación; y sus sentimientos, puro papel (además, papel couché). En esta película se han gastado más en laca que en el guión y eso se nota. Todo es peliculero, blandito, estiloso y está falto de vida.
Jude Law sale muy mono, eso sí.
Macarrones 
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