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EL LOCO DURMIENTE
La tosquedad formal de las películas que Woody Allen filmó antes de querer ser como Bergman se pasa por alto, holgadamente, riéndose con su tonificante humor underground y considerando su fabulosa obra posterior.
Allen, que ha demostrado en su trayectoria artística una portentosa capacidad de aprendizaje, en esa primera época todavía es más el activista escritor de "Cómo acabar de una vez por todas con la Cultura" que el magistral cineasta en que se convertiría tras una evolución estajanovista.
En "Sleeper", Woody Allen lleva a la Ciencia-Ficción a su personaje tímido, verborreico, intelectual grillado y obsesionado con el psicoanálisis, el sexo y los chistes en clave judía. Es Miles Monroe, un neoyorquino a quien el posoperatorio de una intervención gástrica le dura 200 años.
El durmiente es despertado de la hibernación por una Resistencia que, hacia el 2170, se ha emboscado en lucha contra un Supertirano al mando policial de una sociedad alienada por el confort. Los disidentes necesitan la ayuda de un extraño cuyos datos no estén fichados.
El planteamiento sintetiza varios clásicos del género antiutópico: "Farenheit 451", "Un mundo feliz" y "1984", entre otros.
Allen se mueve en una decoración con aire de juguetería que hoy se ve muy naif (aunque sigue siendo llamativa la selección de edificios futuristas). Y se mueve a veces a 'cámara rápida', en escenas de pelea y huida con que homenajea al cine mudo de Keaton y Chaplin.
Aunque hay varios gags visuales, el humor dominante sigue siendo verbal, basado en el encadenamiento de frases tronchantes, entre ellas la famosa del cerebro como segundo órgano favorito.
La narración acumula secuencias sin apenas composición o ritmo, muy improvisadamente. La del camarero-robot, original y divertida, ha quedado como imagen del film.
El argumento, pues, sirve de pretexto para que el actor-director apunte una vez más sus baterías hilarantes contra la mentalidad reaccionaria, de cualquier signo, y descargue unos cuantos golpes de variado nivel.
Da rienda suelta a su personaje, sin temor alguno a caer en la incorrección, y ejerce su corrosiva sátira, cáustica y destructiva, contra la adocenada sociedad consumista, contra el fetichismo tecnológico y la cursilería dietética, en actitud que mantiene vigencia y sigue haciendo reír.
Lupo 
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