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Siempre nos quedará Tokio
Comienzo a ver la película, de noche, solo en el sofá. Primeros minutos, simple, muy simple, tediosa, vacía, ¿donde estaba la grandeza de la que decian, hace gala la película?, una mirada de Bill Murray me revela todo, está en lo que no se dice, en lo que no se cuenta, en esos silencios, en esos gestos de complicidad. Acaba la película, con un halo de amargura, de tragedia agridulce. Me levanto, me quedo absorto. La vuelvo a ver al dia siguiente, es una necesidad, la necesidad de volver a ver lo que habia visto el dia anterior, la necesidad de reconciliarme con un cine al que daba por muerto, vuelvo a sentir esa emoción intrinseca recorrer mis latidos, vuelvo a emocionarme con la simpleza de la película, vuelvo a deslumbrarme ante la ausencia de pretensiones megalómanas de este drama cómico, vuelvo a reconciliarme con aquel cine que una vez di por muerto gracias a esta joya del nuevo siglo. Siempre nos quedará Tokio.
Javier Moreno 
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