Lo reconozco. El western en b/n no es lo mío. Y es que, consideraciones cromáticas al margen, casi todos los westerns incoloros me parecen sumamente teatrales y acartonados. Absolutamente desprovistos de esa aura embrutecida, elegíaca o crepuscular que suelen llevar implícita las pelis de Leone o Peckinpah, dos de mis hombres del oeste favoritos.
No le voy a negar a Ford su indiscutible habilidad narrativa ni su extraordinario talento describiendo personajes pero su idílica visión del oeste no es la mía. De todas maneras, no me gustaría generalizar. “Centauros del desierto” y “El hombre que mató a Liberty Valance”, por ejemplo, son dos peliculones como la copa de un pino. Sin embargo, “Pasión de los fuertes” -siendo un film más que correcto- me despierta muy poco entusiasmo. Tanto como contemplar un mosquito atrapado en un bloque de ámbar o tanto como escuchar la sintonía del culebrón colombiano al que aludo en el encabezamiento de esta reseña.
spoiler:
Joder, igual he blasfemado ¿no?.