Coges la mochila y te adentras en el bosque. Escoges el camino de la izquierda, el que lleva a esa amorfa colina. Faltan pocas horas para que anochezca y, a lo lejos, se avista lo que parece una posada. Puede ser un buen sitio para dormir, estás agotado y tienes los pies empapados de lodo.
Rozas con la pierna el último matorral y ahora estás en el vacío. El camino se empantana al entrar en el descampado, que sube y sube, y al fondo dibuja la silueta del hito de destino, que figura a contraluz. Un extraño silencio te hace sentir escalofríos. Los pájaros ahora son cuervos, pero ya no emiten sonidos. Y ese tono del cielo... violeta.
Una súbita ráfaga de viento te limpia las lágrimas y continúas. El bastón ahora choca con los sillares ciclópeos que extrañamente colocados en la hierba dibujan el camino. TOC TOC TOC. Parecen haber sido colocados por el tiempo. Aquí ya no hay árboles. Ninguno.
Avanzas hacia la posada. Avanzas. Pero... ¿qué es eso? ¿Un campanario? Es una iglesia... tal vez abandonada... tal vez no. Empujas la enorme puerta cubierta de musgo, que emite un sonido viscoso al abrirse.
Cegado por el halo de luz que incide por la roseta central, que se mueve a tu paso, recorres la nave con el ceño fruncido, intentando descubrir el origen de esas extrañas notas de flauta, que se mezclan con el canto de los grillos. Te sorprendes al descubrir en la tercera fila una silueta mirando al altar, que está a oscuras.
¿Por qué deja de tocar? Su figura ahora tiembla compulsivamente, en un arrebato extrañamente antinatural. Se da la vuelta y los ojos de Hayao Miyazaki ahora te miran. (Continúa... -sin spoilers-)
spoiler:
Una de sus manos soporta una flauta de pan. La otra acaricia el respaldo del asiento.
- Este es un banco de formica… un banco de formica.
Se vuelve a girar y la música se oye otra vez, al mismo tiempo que una inesperada pregunta:
- ¿Quieres conocer al Maestro?
Ni tú sabes por qué contestas
-Sí.
La música sigue sonando y un brazo señala la puerta de la sacristía. Tus ojos sólo pueden mirar hacia ella, que se acerca y se acerca, pero su tamaño, en vez de aumentar, disminuye.
Te encoges todo lo que puedes mientras agarras el enorme pomo con los brazos. La puerta parece emitir una extraña risa mientras se abre.
Ya estás dentro, pero no estás dentro. El suelo de agua, que te cubre hasta las rodillas, se extiende hasta el infinito en todas direcciones. No hay sonido alguno, y el aire está empapado de un blanco cegador.
Allá al fondo distingues un punto negro que te observa. Corres y corres hacia él, pero por más que chapoteas, no se acerca. Abres la mochila y sacas los prismáticos, que todavía están allí. Los llevas a los ojos y tu cuerpo tiembla convulso al distinguir los rasgos de Shigeru Miyamoto, que sonríen mientras te miran.
Y ahora lo comprendes. Ahora todo está claro. Ahora sabes por qué
la colina,
el camino,
el matorral,
el viento,
la iglesia
y el pantano
parecían más reales que la realidad. Es ahora cuando decides mirarte las manos y, con la satisfacción desesperada de quien nunca más volverá a sentarse junto al fuego mientras apalpa el lomo de su terranova, sueltas al aire una carcajada. Aunque sabes que nadie puede oírte.