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Tu madre si que es monstruosa, Abrams.
Cloverfield no es más que una versión más cara y más tonta de la repulsiva y asustabobos El proyecto de la bruja de Blair, que utilizó un tipo de publicidad viral semejante a la de ese chapucero cineasta, mediocre productor y portentoso publicista llamado J.J. Abrams, y también, obviamente una muestra de la frivolidad de algunos hombres dentro del negocio al publicitar una película de monstruo sin monstruo... bueno, sí, un bichejo grande que sale, aproximadamente, dos minutos y medio, y la frivolidad de algunos tontos que pagamos la entrada esperando encontrar algo medio decente y no esa especie de rana hiperhormonada, es la estupidez supina llevada a la categoría de delicatessen cinematográfica por un sistema publicitario que ha sabido venderse y embaucarnos de manera prodigiosa, con todos los defectos del cine que nos ha tocado en suerte, o en desgracia, vivir, y ninguna de las virtudes de ese cine comercial extremista que tan bien hacen algunos americanos.
Pero Abrams no es Spielberg, Abrams es un personaje que ha sabido ser el tonto que aparece en el momento oportuno y que parece caerle en gracia a todo el mundo. Dirigió una película vergonzosa en honor del mesías cienciólogo, una serie sobre adolescentes pretendidamente realista, una serie sobre espias adolescentes, y la teleserie más falsa, barata y facilona de los últimos años junto a House, la tontorrona Perdidos. Sabe qué público se ha encontrado, y sabe cómo darle píldoras de aquello que les gusta, todo muy comprimido: acción a raudales, historias melosas y de estructura más simple que un capítulo de los Power Rangers y giros de guión con menos sentido que los del amigo Shyamalan, y un equipo de publicitarios que trabaja a destajo. Eso es Cloverfield.
Todas las cintas de monstruos se reservan a la criatura hasta bien entrada la cinta, y a partir de ese momento el bichejo en cuestión juega un papel importante y aparece en cada secuencia, pero no en Cloverfield, no. Pues Abrams ha querido ir más allá y cambiar por completo los cánones del género y hacer su propia visión de los Godzilla, King Kong y cía, todo con una especie de realidad informativa de primera índole. Esa realidad que pretendía dar la cinta se difumina en cuanto vemos los primeros veinte minutos, un reguero de personajes salidos de la generación Raquel Meroño agobiados porque tal le ha echado un polvo a tal y tooodo es muy fuerte y estoy súper afectado. Con apenas unos diálogos estúpidos y totalmente vacuos, se nos ha contado la pretendidamente profunda historia de amor eterno que va a hacer que el monstruo no sea más que un mcguffin. Y es que la cinta juega a eso, a la desinformación, a la velocidad de la información, rápida aunque llegue mal, y cuya forma de demostrarlo es con desenfocados y planos de las piernas de los personajes corriendo, y a un cámara que, en teoría es aficionado, y sabe siempre qué enfocar para no perder detalle. ¿Realidad? Sí, la vista a través de los ojos de diseño de Sofia Coppola.
Tony Montana 
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