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Y ahora...¿qué ponen?
Fascinante película; Peter Weir (cuya carrera se compone de un puñado de pelis aceptables, con picos de excelencia, como ésta, Master and Commander, Gallipoli o El Club de los Poetas Muertos) adapta un guión de Andrew Niccol (responsable, entre otras, de la no menos magnífica Gattaca), para componer una obra que admite muchísimas lecturas, y que sucesivos visionados ayudan a comprenderla en su magnitud: es inevitable sentir la referencia al platónico mito de la Caverna, con ese personaje que vive en un pálido reflejo de la realidad. Tampoco podemos obviar la feroz crítica que se hace al fenómeno de la televisión en particular y al capitalismo de las grandes corporaciones en general: se pone sobre el tapete el "todo vale" de una enorme empresa deshumanizada y totalitaria, frente a la pequeñez intrínseca a un único individuo, alienado e inconsciente de su propio ser y de su devenir. Es tremendo comprobar cómo se manipula a Truman Burbank, cómo un deus ex machina desde las alturas, Christoff, mueve los hilos con la perversa creencia de que puede hacer, a través de una milimetrada planificación, que su personaje piense, sienta y reaccione conforme está programado.
La peli sería otra sin Jim Carrey, a quien se suele acusar de histrionismo (justificado en el tipo de cine que suele interpretar, al igual que aquí, pero dotado de un talento dramático otras veces evidenciado, como en Olvídate de Mí o The Man in the Moon), y que encaja perfectamente en su personaje, que no deja de ser un actor, aunque inconsciente de serlo, marcado por estar inmerso en una formidable pantomima. No menos excelente está Ed Harris, como el gran titiritero, al igual que los secundarios, como Noah Emmerich, el fiel amigo, o Laura Linney (qué genial su "¡Esto no es profesional!").
También es genial el aspecto musical de la peli, a cargo de Burkhard Dallwitz.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Hay varias escenas sobrecogedoras: cuando Truman logra huir, evitando la muerte, y se enfrenta a esa puerta abierta, a ese futuro incierto, y hace una reverencia a su creador y a su público, como el actor que agradece los aplausos recibidos ante su buena actuación, para afrontar una nueva realidad y un futuro incierto; y, lo que para mí es lo mejor, cuando dos de los fieles espectadores del programa asisten a su fin y, tras permitir unos segundos con la pantalla en blanco, formulan esta pregunta: "¿Y ahora qué echan?", paradigmática de la verdadera importancia de los falsos ídolos de la televisión.
babayu 
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