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Take car. Go to mum's. Kill Phillip, grab Liz, go to the Winchester, have a nice cold pint, and wait for all of this to blow over.
Desde que el maestro George A. Romero filmase haya por el año mil esa sobrevaloradísima obra, hoy considerada de culto por puristas que poco saben lo que realmente es perpetrar un claustrofóbico film de enfermizas mutaciones crípticas, que respondía al titulo de “La noche de los muertos vivientes”, casi sin quererlo, el bueno de George fundó un nuevo sub-género, basando una apoteósica idea de partida para, de un modo singularmente férreo, hacer participes de sendos desastres humanistas a la sociedad actual (por aquella época hablamos de la sociedad de 1968). Sin embargo, los logros que pudieran dar veracidad al famoso film de Romero quedan, hoy por hoy, absolutamente obsoletos, caducados.
Se ha tenido desde entonces una cierta relevancia al trabajo del director de “El día de los muertos”, apoyando su causa justa y absteniéndose de, digamos, aborrecer humorísticamente su obra, pudiendo parodiar el factor elemental de la sustancia, llamémosla “zombi”, pero sin hacer hincapié en el handicap que supondría mofarse del trabajo que miles de fans apoyan y defienden con uñas y dientes en todo el planeta. Y es precisamente por esa razón, por la que este brillante film nacido de la mente de dos gamberros chicos Ingleses, Simon Pegg y Edgar Wright, fanáticos de la hemoglobina de baratillo, de circenses golpes de efectos cuya naturaleza radica en un buen chiste para el desahogo, es doblemente importante: porque reinventa el género como nunca antes se había visto, y porque en ningún momento se lo toma en serio (lo que no quiere decir que no miren a la obra de Romero con desdichada fidelidad).
Esta “Shaun of the dead” es la más refrescante, asombrosa, y espléndida propuesta que el cine reciente, contemporáneo (¿cuál si no?) nos a regalado a los fans de un género que poco a poco, esta ganando la grandeza que un día le vio nacer.
Un film estratega, cachondísimo, divertidísimo a rabiar, desternillante, hilarante, formidable en su esquema narrativo, excepcionalmente construido en su parte técnica, y con un sentido del ritmo que hace palidecer la piel. Se trata de poner patas a arriba los cánones básicos que dan pie a las situaciones más disparatadas. Es este un monumento a la carcajada desprejuiciada, de absoluta fuerza fílmica para las nuevas generaciones, un film tan vivo en fondo como en forma.
Pegg y Wright, tal vez sin quererlo, han parido la que esta llamada a convertirse en una de las mayores obras referencial del nuevo siglo, un documento fílmico para la posteridad, un trabajo de altísima orfebrería cinematográfica. Un clásico de culto instantáneo.
Lo mejor: Su desternillante provocación.
Lo peor: Un importante bache de ritmo en el último acto.
Clark 
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