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Las niñas bonitas no pagan dinero
Primer intento (fallido) de adaptar al Marqués de Sade por parte de ese rendido admirador que es Jesús Franco. Una película floja y de tono equivocado, que cambia la sátira feroz y la virulencia a todos los niveles del original por un aire picaresco de comedia salaz que en muy contadas ocasiones logra, al menos, una equivalencia (el asesinato en el burdel, algunos aspectos del ácido personaje de Juliette, o ese turbador momento en el que la maravillosa Rosalba Neri se dedica a clavar con deleite agujas sobre el cuerpo desnudo y encadenado de la candorosa Justine) con respecto al cinismo y la abisal lucidez del divino Marqués. Con todo tiene elementos aprovechables y pese a su morosidad tampoco está lejos de operaciones semejantes, como el curioso “De Sade” que produjo Corman y escribió Richard Matheson. Está rodada con cierta elegancia (dentro de su pobreza presupuestaria y de las limitaciones de Franco como director) y no escasean los buenos momentos (pese a la blandura general ya señalada), como esas extrañísimas apariciones del Marqués “himself”, interpretado por nada más y nada menos que Klaus Kinski, en una celda de Charenton siendo acosado por sus obsesiones febriles. El reparto es apoteósico, quizás el más lujoso jamás manejado por el director, con una estremecedora Mercedes McCambridge y un delirante Jack Palance, amén de glorias como Howard Vernon, Sylvia Koscina, Akim Tamiroff, Horst Frank, María Röhm e incluso el gran Luis Ciges entre un larguísimo etcétera. Por desgracia el complejísimo papel principal de la virginal y baqueteada Justine, adalid de la pureza más enternecedora que se mantendrá inasequible y permanentemente pura merced a la fe inquebrantable en la verdadera gracia (pese al ensañamiento de Dios para con su personita), está supuestamente interpretado por la pavisosa Romina Power que no se apea del gesto de estulticia profunda y la media sonrisilla extemporánea. Un film excesivamente controlado y académico que no cuaja como adaptación por el respeto reverencial y la imposibilidad de trasladar las vívidas descripciones sin provocar infartos. Habrá que esperar hasta su “Eugenie” de 1969, con la turbadora Marie Lijedahl como personaje central, para encontrar una verdadera colisión entre los universos “franquianos” y “sadianos”, con “La filosofía en el tocador” como teatro de operaciones.
ben wade 
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