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El testamento estético de Orson Welles
El arte es mentira. En todo artista, desde Miguel Ángel hasta el último trilero ambulante, hay un embustero, un estafador. Este es el mensaje de "Fraude", película que puede considerarse como el testamento cinematográfico de Orson Welles, en tanto que es su último largometraje acabado.
Welles empareja, pues, el tema del arte con el de la verdad, pero no agacha la cabeza lamentando estar muy lejos de ser sincero. Adopta una postura opuesta, cínica pero honrada. Reconoce, como artista que es, haberse dedicado al engaño ya desde sus inicios. Nos mira desafiante y con su voz profunda nos dice "sí, soy un mentiroso".
Lo que empieza como un documental sobre un falsificador de cuadros, Elmyr de Horys, y su biógrafo, Clifford Irving, no menos dado al fraude, se transforma en una colección de reflexiones del propio Welles con alguna que otra referencia autobiográfica (no tiene desperdicio la alusión a la emisión radiofónica de "La Guerra de los Mundos"). También aparecen implicados personajes tan variopintos como Howard Hughes o Picasso en situaciones de dudosa verosimilitud. El resultado es una película de ritmo frenético, toda una lección de montaje, que puede parecer caótica e irritante para quien no esté habituado a las rupturas con los convencionalismos cinematográficos, pero nunca aburrida.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Hermosísima escena en que, con una misteriosa neblina de fondo, Welles rememora con Oja Kodar la conversación del abuelo de ésta con Picasso a causa de unos cuadros falsificados.
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