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Vibrando en la butaca
Golpes secos, movimientos toscos, manipulación brusca, intensidad en la acción, furia incontrolada, brutalidad palpitante, agitación continua, angustia palpable, brusquedad enérgica, parquedad en los gestos, contundencia descomunal y velocidad electrizante. Todo ello traspasa la pantalla y empapa al espectador como si nada, que vibra en su butaca.
"El ultimatum de Bourne" era la tercera parte que nadie habría esperado como el puñado de secuencias latentes y virulencia que es... nadie, de no ser por el incontestable talento de Paul Greengrass tras las cámaras, que aquí traspasa el umbral que dejó tras su "El mito de Bourne" y abandona ese prototipo mucho más comedido y comercial que resultaba su anterior film, para otorgar momentos como hacía tiempo que no se veían reflejados en una pantalla, porque las persecuciones están rodadas como deben estarlo y todos y cada uno de los gestos del protagonista mientras lucha contra cualquier dificultad que se le presente resultan veraces.
La trama, por tanto, no es una herramienta de mucha utilidad aquí, sencillamente sirve para conectar cada uno de los hechos que se dan y para otorgar una vía y dar una resolución al conflicto, nada más, aunque me guste la aparición de Considine como reportero y toda la parte que nos brindan con ello o los acontecimientos narrados cuando Bourne se ve obligado a viajar a Marruecos.
Si Paul Greengrass había demostrado talento tras su "Bloody sunday", y había reafirmado que no es uno de esos tipos ramplones que cuando tienen ante si un proyecto se dejan manipular con su "El mito de Bourne", con "United 93" (estrenada el pasado año) y "El ultimátum de Bourne" se destapa como un valor en alza, como un realizador que sabe como y donde debe estar para destacar y para sorprender. Un tío a tener en cuenta, sin lugar a dudas.
Grandine 
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