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DEMOLEDORA
Hay pocas historias que te hagan salir del cine con el cerebro y el espíritu atenazado,presionado por la grandeza de lo que acabas de ver,escuchar,tocar con tu fibra más a flor de piel. EN EL VALLE DE ELAH no ha sido,ni mucho menos, una decepción. Más bien ha confirmado y elevado a niveles imprevistos mi absoluta certeza de que me iba a introducir en una de las historias más poderosas, arriesgadas, sutiles, complejas y emotivas no sólo del reciente bautizado 2008, sino de lo que llevamos de década. La fuerza narrativa, el vigor ideológico, la nada manipuladora exposición de la anécdota, la recia pintura emocional de unos personajes en carne viva, el absolutamente nada maniqueo discurso sociopolítico subyacente, el sabio empleo de los recursos del oficio por parte de Haggis y unos actores que acarician la perfección encarnando cada una de las líneas de este guión maestro son los elementos que vaticinan la vigencia de esta cinta más allá de su improbable periplo recaudador por las salas comerciales.
Tratándose de Paul Haggis cuesta aceptar que la enormidad de esta descarnada, acerada, rotunda película haya sido firmada con su nombre y apellido, el mismo nombre y el mismo apellido que rubricaba otra cinta con inspiraciones críticas pero en las antípodas de la sutileza y el buen gusto,aquel producto acomodaticio, maniqueo, simplista y edulcorado llamado CRASH(COLISIÓN). Viendo esta última obra después de aquella se observan los dos extremos desde los que la industria yanki del cine puede poner sobre la mesa ciertos temas de calado social, ético y profundamente humano. Un extremo es el de lo grotesco por burdo, ramplón e inverosímil. El otro extremo es el de la inteligencia por transgresión, por absoluto dominio de los resortes de la emoción y la honestidad a la hora de hacernos transitar sus meandros.
La perfección de ese andamiaje se hace más vibrante, si cabe, con la densidad, la versatilidad, el permeable abanico de recursos interpretativos de uno de los más grandes intérpretes del último cine mundial: Tommy Lee Jones. Es uno de los grandes. Está en el Olimpo junto a Ed Harris, junto a Harvey Keitel, junto a Daniel Day-Lewis. Y su interpretación del tenaz padre-militar jubilado- en su febril pesquisa por los laberintos del estamento militar y policíaco para desentrañar la desaparición de su hijo militar es una de las más intensas, dúctiles, tiernas, esperanzadoras, sutiles y brillantes que yo he podido ver en muchos años. Su carga de dolor, de sufrimiento, de constancia, de patetismo, de ilusión se refleja en cada arruga de su rostro y la caída irrenunciable de sus ojos y nos arranca en cada plano un pedazo de piel, nos hace sangrar y, por si fuera poco, nos arrebata lo único estable con lo que entramos en la sala: la cordura. Sólo por su papel estelar en este nada complaciente y atormentado VALLE DE ELAH ratifica su majestad dentro de los pocos elegidos, los pocos actores que dignifican su oficio con un talonario de talento y sabiduría.
TRAVIS_BICKLE 
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