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Crítica de Servadac a Vampyr, la bruja vampiro
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| 34 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Servadac
Madrid (España)
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Su valoración:  |
7 de Noviembre de 2009 |
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Perderse entre los fotogramas de Vampyr
Entré en Vampyr a trompicones, como caído de la filmoteca. Aquello parecía incomprensible. Bisturí en mano, traté de comprender su arquitectura. ¡Qué diablos! ¿Qué forma es esta de hacer cine?
Puse las piezas del derecho y del revés, limé sus bordes más cortantes. Adapté cada fragmento al hueco presentido. Era mucho forzar. No supe ver que el arte de Vampyr no está en la trama de sus piezas. Es el arte del mago, del ilusionista. El truco está en lo que no ves. La esencia está en la silueta.
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Dreyer, por medio del montaje, da vida a un mundo paralelo. Nunca el fuera de campo remitió de esa manera a un universo diferente, con leyes y cadencias tan precisas como sombras afiladas.
Dreyer inserta imágenes que inquietan (el barquero, la guadaña…) y constituyen el tejido emocional de la película. Desconcierta y fascina con el punto de vista narrativo: ¿desde dónde se nos muestra lo que vemos? Distorsiona el tiempo y el espacio: ¿podemos intuir por dónde entrará en cuadro un personaje?, ¿o establecer un hilo estrictamente temporal?; ¿estimaríamos sin titubeos el volumen de una estancia? El uso del sonido (los gritos, la campana) contribuye a la alucinación.
El protagonista se sitúa en el umbral de la otra parte, como los adoradores de la torre del reloj en la novela de Alfred Kubin. Vive en permanente estado de deslumbramiento (¿cómo es posible crear vida mediante las carencias de un actor que no lo es?).
Dreyer desdobla lo real. Entorna las puertas de otro mundo. Nos pone en la antesala. ¡Hay que perderse entre los fotogramas de Vampyr!
Servadac 
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