Un prodigio formal, un gozoso guión. Schnabel retrata la vida imposible cuando se logra encontrar el asidero de la esperanza. De la misma forma que el protagonista logra elevar su lucha por la supervivencia, el director y el reparto edifican una película que supone puro cine: un triunfo heroico sobre las soluciones fáciles y los recursos resignados. Todo se licua en un baño emocional que impregna hasta la razón. Una película para pensarla, para sentirla; hasta tal punto que puede decirse que, pese a la involuntariedad original, nos hace mejores por el mero hecho de contemplarla.
Julian Schnabel propone compartir un martirio convertido en redención. El afán por vivir se fusiona con la determinación artística. Y para rematar, esa mirada irónica, el sentido del humor: la expresión más fuerte del alma, capaz de sobreponerse a todo.
Algo tan sutil como el aleteo de un párpado nos conduce por una obra sublime, de contraste absoluto y defintivo: porque nunca una digestión tan dura resultó a la vez tan placentera y alegre, vital. Gracias.
spoiler:
Escenas para reventar: el afeitado al padre, la llamada de la amante con la mujer de intérprete, cualquiera de las ensoñaciones de mariposa, cualquiera de todos esos rostros cargados de humanidad. Me descubro, señores. Gracias.