Tontorrona, bonica e intrascendente. Alterna historias simpáticas y didácticas con otras simplemente ridículas. Lo de la vidente, o lo del tiparraco con la navaja en ristre, no se le ocurre ni al más fumado de los guionistas de culebrones. Freeman y Kinnear están muy desaprovechados: ellos dan para mucho, para muchísimo más. Lo mejor de la peli, sin duda, Radha Mitchell. Además de ser una mujer preciosa, parece ser la única en todo este cotarro que se toma el asunto en serio; la única que te transmite duda y desgarro.
spoiler:
Yo, desde luego, me quedo con la opción 1: el amor es una jugarreta de la biología para fabricar más bebés llorones. Ese amor como destino divino al que alude Greg Kinnear en el final es una ñoñez de tomo y lomo que arruina cualquier pretensión seria de la cinta. Vaya soplapollez.