La pantalla de cine goza de tres dimensiones: base, altura y duración. Es un rectángulo en el tiempo.
La arquitectura es en sí misma tridimensional. Ordenación precisa del espacio.
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La imagen fílmica va más allá de las limitaciones de lo plano; crea en el espectador una ilusión perfecta de profundidad.
La arquitectura es creación de espacios habitables (un puente no debería ser arquitectura) y fijos. Una vivienda móvil (‘La casa de vapor’, de Julio Verne; ‘El castillo ambulante’, de Diana Wynne Jones…) nunca deja de ser provisional. Es inquietante no saber adónde da nuestra ventana.
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La imagen dinámica confiere al cine la pulsión de lo real. Es arte en cuatro dimensiones (las cuatro dimensiones de lo vivo). Trasciende su naturaleza de 3D.
La arquitectura es forma en el espacio. También es el vacío que limita la materia. Cuando la vida llena las habitaciones y pasillos de una casa, sentimos la respiración del edificio. Esa respiración añade al edificio un horizonte temporal (de nuevo, las cuatro dimensiones de lo vivo). En su aire penetra el tiempo subjetivo, el tiempo de lo humano. No es la erosión mecánica debida al paso de los días: el viento golpeando las contraventanas, la lluvia desconchando la pintura, las sacudidas materiales.
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Cuántas veces añoramos la vida registrada en unos fotogramas, sabiendo que el soporte físico (actores, luz, objetos) ya no existe.
Cuántas veces evocamos, delante de una ruina, la vida que en un tiempo poblaba los espacios de su arquitectura.
Mientras haya un solo alguien que contemple, no muere la emoción.
spoiler:
La escena clave da fin al primer tercio de la cinta, hacia el minuto veintitrés. Hay cena de postín en la mansión de don Francisco. La escalinata es elegante y fastuosa, la arquitectura es modernista (con líneas onduladas, orgánicas… retorcidas; depende mucho de cómo se ilumine).
Suena, romántico, el piano (la pieza titulada Chopin, escrita por el atormentado Robert Schumann). Plano/Contraplano de los dos amantes. De pronto, oímos un estruendo por encima de la música. Don Francisco se dirige a una puerta cercana (se produce en él un súbito desplazamiento emocional, en paralelo al paso de una habitación a otra). Vemos al mayordomo trajinando en una especie de trastero oscuro, desordenado, lleno de polvo: como una cicatriz que desluciera el cuerpo inmaculado de un dios griego. No se trata de una habitación muy apartada. Está ahí, en el corazón del edificio. Don Francisco, con cajas destempladas, apremia al mayordomo para que se vaya y cierre de inmediato.
Luego, pasamos al jardín, embriagador. La seducción de Gloria se consuma.
Hemos visto la casa en todos sus matices: la suntuosidad, la pulcritud, el cuarto oscuro, el perfume del jardín de las delicias. La personalidad de don Franscisco queda meridianamente retratada.
Él es la mansión. Y está muy mal de la azotea.