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Con trampas y a lo loco
El oficio de actor es uno de los más ninguneados universalmente por la industria cinematográfica. Y, si no, que alguien eche un ojo al panorama nacional. Al español, me refiero: si eres varón, alto, de ojos bonitos, de sonrisa arrebatadora... El papel es tuyo. "Coño, pero si este maromo no sabe ni hablar". "Ya, joder, pero da de puta madre en cámara. Fíchalo". Y si eres nena, tienes las tetas gordas y un interés innato en enseñarlas, el papel no te lo quita ni dios. "¿Pero ser actor no es una profesión? ¿No es algo más que ser guapo y gilipollas?" "En teoría sí, pero... Que me dejes".
Y aquí agarra Mandoki y le arrea un personaje protagonista a una criatura. Que me levante la peli el chaval. Y si vemos que se nos cae, le ponemos musiquita y lo adornamos con tragedia. Tócate el rabo.
A mí me gustaría saber qué opinaría la puñetera opinión pública sobre la posibilidad de que un niño de diez años se subiera a un camión de bomberos a apagar fuegos, o que operara a corazón abierto a un tipo en un quirófano, o que organizara la operación retorno en las carreteras después de un fin de semana. Ah, claro, pero como lo de ser actor es una mierda y lo puede hacer cualquiera... Pues eso. Que te jodes. Que se joda el cine. Y el espectador.
Diego Deltell 
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