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LA INTANGIBILIDAD LITERARIA
A punto de conocer la película que nos representará en la próxima edición de los Oscar, a la que han optado, tras una incisiva carrera publicitaria y una sequía preocupante de buenos títulos, Ninnette y Princesas, se les suma ahora el último candidato: Obaba.
Montxo Armendáriz retorna a una adaptación literaria de manera más personal tras Historias del Kronen. En esta ocasión, el conjunto de relatos del escritor Bernardo Atxaga (Obababoak) le sirve para asumir el mayor riesgo de su carrera.
Con un tono mágico, cercano a la parábola política, Obaba respira. Y lo hace de forma precisa y cerrada, a través del desarraigo, la soledad, la violencia y la locura, al mismo tiempo que la cámara se inmiscuye en los mecanismos narrativos que se pueden desprender de dos tiempos históricos distintos en los que se trata de la búsqueda de la identidad personal y la dificultad para desprenderse de las tradiciones populares, y personales, tan forjadas. La universitaria y urbanita Lourdes trata de unirlos recurriendo al recuerdo de una comunidad que deambula entre lo onírico y lo real, indagando en el misterio que encierran los silencios y los sentimientos envejecidos.
Armendáriz ha demostrado siempre sobradamente su sensibilidad a la hora de retratar ambientes rurales. Lo hizo en Tasio, con un crudo relato sobre el crecimiento, y lo elevó a maestría en Secretos del corazón, clásico de nuestro género nacional más exportable, en la estela de Los santos inocentes. Pero en este viaje iniciático, enigmático reino de pulsiones sexuales, atraso y fatalismo, encuentra demasiadas trabas a consecuencia de su extensa geografía literaria, aglutinada en poco espacio fílmico, y traiciona su mayor virtud, la de contador de historias. Las complejidades físicas y psíquicas de los personajes, la estructura aparentemente fortuita y el copioso caldo de temas y sensaciones hubiesen encontrado en una serie un mejor recipiente. Sólo los objetos, como un lagarto, figura supersticiosa y pagana, o una foto, junto a las poderosas interpretaciones de Eduard Fernández, Juan Diego Botto y Pilar López de Ayala, parecen contrarrestar el estatismo, el absurdo y la monotonía imperantes. Las ramificaciones argumentales se revelan tensas, y el sopor de los monólogos de Lourdes acaban por enterrar lo mejor de esta obra: su espíritu.
La Maga 
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