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Perspicaz visión de la naturaleza humana y del sentido final de su existencia.
¿Qué es lo que nos hace, cual es la fuerza que nos impele a ser como somos y nos diferencia del resto de los seres vivos, qué nos aleja de lo que en un futuro podrían ser robots perfectamente asimilables en cuanto a actitudes, comportamientos y sentimientos se refiere? ¿Qué nos define como humanos; los recuerdos quizá; acaso una superior inteligencia; por casualidad, la capacidad de concebir emociones y sentimientos; o tal vez porque así lo haya dispuesto una deidad?
Magnífica reflexión es la que nos propone un Ridley Scott en estado de gracia, después de inspirarse libremente en un magnífico relato corto de P. K. Dick, creador de escritos alucinógenos y amargamente visionarios, en esta ya legendaria película que desgrana como pocas el sentido último de la esencia humana.
Película sobre la que ya se ha escrito casi de todo, sobre la que ya se ha analizado cada detalle fotograma a fotograma, sobre la que ya se han descrito todos aquellos matices que hacen eterna a una producción.
Soslayo de forma consciente un comentario acerca de su innovadora estética visual, su eficiente factura técnica, así como la lúcida descripción fílmica de una ciudad corrupta, viciada e hipercontaminada, puesto que, para este que suscribe, su fuerza principal radica en su incisivo punto de vista, lindando con lo metafísico, en lo concerniente a la verdadera naturaleza del ser humano y al significado del sentido final de su existencia.
Pocos films hasta la fecha han reflexionado con tamaña precisión sobre la verdadera identidad del hombre, abordando el mismo desde una multiplicidad de puntos de vista, introduciéndose en cuestiones de naturaleza política, teológica, filosófica, metafísica y naturalista con sencillez pasmosa, consiguiendo de manera inteligible que el espectador asuma las disyuntivas planteadas por su director.
Pocas películas como ésta han acertado a plasmar el auténtico sentido de la vida, la razón última por la que poblamos este universo, el motivo que nos impele a actuar, las fuerzas generadores de nuestras emociones y sentimientos.
Bajo una mirada muy lúcida pero especialmente amarga, esta película presenta al ser humano como desorientado, timorato, acomplejado, derrotado, desbordado por un mundo que él mismo había diseñado; un ser humano que había dejado de ejercer como tal, dependiente de una monstruosa tecnología que habría terminado por devorarlo; un ser humano sin emociones propias que exteriorizar, habituado a la más ignominiosa soledad. Un ser humano confrontado con la figura del replicante engendrado, que en una perfecta metáfora, termina por revelar la auténtica respuesta ante las cuestiones que desde que el hombre es hombre tanto le han atormentado.
SIGUE EN EL SPOILER...
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Replicantes que sienten como humanos y que son más humanos que los mismos, replicantes que comprenden el auténtico sentido de la vida, replicantes que asumen la caducidad de la existencia, replicantes que descubren la imperfección del creador, replicantes que aprenden a sentir, a amar... encontrándose por el camino con la compasión, gratitud, empatía y comprensión; replicantes que sienten la vida y la muerte; replicantes que se apropian del dolor, del pánico, la venganza, de la certeza de la liviandad de una vida finita; replicantes en definitiva, que comprenden que todas sus acciones, que todo su pasado, que todos sus recuerdos, sus momentos, sus sentimientos... se perderán con el infalible paso del tiempo, se enterrarán bajo la certeza de su indefectible advenimiento, yacerán en definitiva, bajo el pesado lastre que provoca la certeza de la pérdida del recuerdo.
Recordad, por último, el mensaje más evidente que se desprende de este inmenso film, y no es otro más que el de evidenciar el sentido último de la existencia humana: la conveniencia de disfrutar cada momento con intensidad, ya que finalmente, cualesquiera que sean sus acciones, brillantes o no, se acabarán perdiendo en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
simón 
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