Lars Von Trier prescinde de fachada y decorado. Y además mira desde el cielo, atraviesa las paredes, lo ve todo y nos lo hace ver. La fachada arquitectónica como metáfora de la hipocresía y la doble moral; el decorado como ilusión, engaño y apariencia; la mirada desde el cielo como ominoptencia que sólo se atribuye a Dios. Esta apuesta valiente no es sólo un efecto teatral para mostar en su desnudez la crudeza y fragilidad de la condición humana. Contiene además toda una reflexión sobre el poder: el cine, los mass media, las cámaras, la infiltración de la tecnología en la vivienda y en la vida cotidiana han invertido el ámbito de lo público y lo privado. El gran hermano, el ojo que todo lo ve, es una forma invisible de soberanía, pues ella misma es mirada.
La utilización (y perversión) de un relato universal como es el bíblico sobre la historia concreta que se cuenta, da al problema inicialmente enmarcado en un contexto social y político preciso (la América de los años 30) otra dimensión, hasta convertir a Dogville en la aldea global. El asunto central (la utilización del hombre por el hombre, que retoma en Manderlay) no sólo tiene una dimensión concreta sino histórica y actual.
spoiler:
Heredera de su anterior reflexión sobre la redención por el sacrificio (Rompiendo las olas) vuelve a identificar a dios hijo con una mujer. Pero solo a Trier se le ocurre mostrar a Dios Padre como un gangster. Se le perdona que nos tenga 3 horas ante la pantalla cuando descubrimos que lo hace para darnos la oportunidad de participar en el juicio final.
Aquí no mata a su protagonista como en las anteriores, y se atreve a juzgar pues hace de su personaje sufridor finalmente un juez, hijo pródigo, dios hijo y dios padre a la vez. Y si me apuras espirtu santo, no en vano se llama Grace.