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Saraband, de Ingmar Bergman
Dado el estado actual de la cinematografía internacional, tener la posibilidad de asistir a la proyección de una película nueva de Ingmar Bergman es más que un regalo; es un privilegio.
La crítica ha hablado de "testamento" y resumen de su legado al referirse a esta película, casi como si no quisieran que el cineasta sueco volviese a incumplir su palabra de no volver a dirigir.
Saraband, en realidad, fue rodada para la televisión. Su estreno, por expreso deseo de Bergman, se ha ido espaciando, de tal manera que los españoles hemos tenido que esperar dos años para ver esta película en las pantallas de nuestro país.
La película demuestra que Bergman sigue siendo Bergman, por fortuna para nosotros, y sus motivos habituales aparecen una vez más mostrados con tal intensidad que la obra se convierte en una experiencia emocional por momentos casi insoportable. El efecto catártico de la historia es de una fuerza arrolladora y Bergman subraya esa intensidad de la mejor manera posible: contando su historia con una sencillez, una sinceridad y un dominio tan sereno de su técnica que el resto del cine que podemos contemplar tras asistir a un pase de Saraband queda reducido a la banalidad. Ésta es la demostración de madurez a la que todo artista debe aspirar.
¡Salud!
Klingsor
basho 
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