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LA HUELLA DE UN SUEÑO NO ES MENOS REAL QUE LA DE UNA PISADA
Si lo pienso de manera objetiva puedo comprender que haya a quien no le guste LA PRINCESA PROMETIDA. Hay personas en este mundo de Dios con un gusto tan peculiar como para aborrecer las puestas de sol, las noches al arrullo del mar, a Groucho Marx, al resto de los Hermanos Marx, los bocadillos de salchichas o tomarse una ensalada mixta en el Hotel Plaza de Nueva York.
Hay quien no apetece de Woody Allen, hay quien no apetece de Charles Chaplin, hay quien sigue tachando a Tom Hanks de niño tonto y he descubierto incluso a quien -pásmense, caballeros- me aseguraba que Monica Belluci no es nada del otro mundo.
A mi madre no le gusta Robin Williams, a mi padre no le gusta Audrey Hepburn, a mi hermano no le gusta John Denver y a mi hermana -pero esto no sé si atribuirlo a que mi hermana tiene la misma sensibilidad que un congrio- no le gusta Ang Lee.
Como decía, y si lo pienso de manera objetiva, puedo comprender que haya alguien a quien no le guste LA PRINCESA PROMETIDA como puedo comprender aunque me cueste una barbaridad que haya quien aborrezca las puestas de sol, que existan aquellos que no se chiflen con las películas de Woody o, incluso, que haya quien afirme sin mover un músculo que Monica Belluci es una mujer de andar por casa. Sin embargo, si el tema se enfoca desde la perspectiva personal, si lo pienso de manera subjetiva, no me alcanza la ciencia para asimilar que haya un solo ser vivo dotado de alma y de cuerpo que no llegue a emocionarse cuando un Hombre de Negro logra escalar los Acantilados de la Locura o si una pareja de enamorados se sobrepone a los peligros de las Arenas Resplandecientes o a los ataques feroces de los Roedores de Aspecto Gigantesco.
Subjetivamente hablando, porque la subjetividad es objetiva, a mi modo de ver si alguien no ha soñado alguna vez combatir junto a un dechado de honor como Íñigo Montoya, si no se ha imaginado protegido por el brazo de brigadista brutal de Fezzik, si no ha visto reflejada en la belleza angelical de Buttercup la belleza de aquella por la que en alguna ocasión ha sentido Amor Verdadero, ese alguien o no tiene alma o no ha sido niño siquiera ni mucho tiempo antes de la remota y maravilla época del Pirata Roberts.
PROT 
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