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Todos quieren deshacerse de alguien
“Strangers on a train” es la película perfecta del cine negro que no se aparta ni un ápice, a pesar de no existir ningún personaje femenino con marcado protagonismo, del estilo clásico del venerable Alfred Hitchcock.
Al gran director británico siempre le fascinó la idea del hombre inocente acusado sin fundamento y perseguido ferozmente por la justicia, el personaje ingenuo que no puede hacer nada tan sencillo como dar su versión de los hechos sin que se incrimine a sí mismo de manera extraordinaria en el delito que nunca cometió.
A diferencia de otros films, en esta brillante adaptación de la estupenda novela de Patricia Highsmith, no tiene cabida la inocencia pura y el carácter bondadoso. Es así como se lleva a cabo un peligroso juego de suspenso en el que la complicidad se revela como una sombría actitud contrapuesta a la impoluta simplicidad de los típicos antihéroes de Hitchcock.
La trama es realmente espléndida: dos sujetos que no se conocen se encuentran incidentalmente en un tren y uno de ellos le propone al otro intercambiar homicidios. El autor de la proposición es Bruno, un refinado, perspicaz y obsesivo hombre que desprecia a su opresivo padre; el destinatario de tan fantástica oferta es Guy, un tenista famoso, deseoso de divorciarse cuanto antes de su libertina esposa para así poder contraer matrimonio con la bellísima hija de un notorio senador.
La historia está representada con un inteligente estilo visual que sirve, al margen del embellecimiento de las imágenes al que el maestro del suspense era tan afecto, para abordar un “delicado” tema que de otra forma no podría haberse tocado debido a la estricta censura de la época. Se trata del comportamiento homosexual de Bruno Anthony, mostrado a través de una extravagante forma de vestir y de elocuentes aunque disimulados gestos. En este sentido, la interpretación de Robert Walker es muy meritoria.
La puesta en escena es como de costumbre excepcional, con una estética muy a la film noir y composiciones perfectas de planos. El propio Hitchcock afirmó que, a fin de eludir el rigor de la censura, concibió cuidadosamente cada plano, manipulando inteligentemente la luz de manera tal que resultara imposible cortar uno sin afectar consecuentemente la continuidad de la escena.
Para que el argumento narrado en “Strangers on a train” cobre pleno sentido, es preciso dejar de lado la lógica y la verosimilitud. Es muy excepcional el modo en que las circunstancias que atribulan al protagonista y a su antagonista nos interesan tanto y nos causan empatía. En vista de que ambos personajes son inmorales, verdaderamente no hay un enfrentamiento entre el bien y el mal, razón por la cual estos resultan tan encantadores como desagradables. Después de todo, ya lo dice un trillado axioma: el bien y el mal son meros puntos de vista.
Una película memorable que reúne el talento inmenso de Hitchcock, Highsmith y Raymond Chandler, el famoso novelista y uno de los responsables del magnífico guión.
lisandro 
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