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Aquellas noches de discoteca
Cuando yo tenía quince años y llegaba el viernes por la noche (noche que había estado esperando durante toda la semana), me arreglaba con la excitación de mi adolescencia apenas estrenada, y me dirigía a mi encuentro semanal con la discoteca. En aquella época, los chavales del último curso del Bachillerato y de la Formación Profesional del instituto de mi pueblo organizaban fiestas todos los viernes en una disco del pueblo. Con el dinero que obtenían por las entradas, pagaban un porcentaje al dueño del local, y ellos se quedaban con el resto, y así iban ahorrando para el viaje de graduación. En aquellos tiempos, la edad mínima de admisión en esos locales era de dieciséis años y, además, tratándose de la fiesta del instituto, la cosa estaba bastante bien controlada por parte de los organizadores, puesto que la gran mayoría de los que acudían eran menores. Y por otro lado, estábamos en un ambiente de gran camaradería, ya que todos nos conocíamos.
De ese modo empezó mi afición a encontrarme envuelta en la penumbra de luces multicolores móviles y sincopadas, con una música que no sonaba desde un simple equipo de audio, sino desde alguna parte del cielo. Yo no necesitaba más estimulante que ese ambiente semioscuro de iluminación cambiante, repleto de siluetas, esa pista de baile sobre la cual yo no veía la suciedad, las bebidas derramadas, los trozos de cristal de los vasos rotos ni las colillas de los cigarrillos, sino una invitación a volar con alas que brotaban con cada vibración de los altavoces, con cada movimiento del cuerpo que se movía instintivamente, siguiendo el ritmo hinótico de la música. A menudo yo cerraba los ojos mientras bailaba como si fuese la última vez que lo hiciera, como si me fuese la vida en ello, y me dejaba llevar hacia unas alturas en las que me olvidaba del resto de la semana, de lo que estaba fuera de la pista, del mundo entero, y sólo estaba yo con mis sensaciones más profundas. Yo no era una bailarina consumada como Tony Manero, nunca fui la reina de la disco, pero no me importaba, porque lo único que quería hacer era bailar y sentirme ligera. Quemar aquellas losas sobadas y gastadas durante horas al límite.
Y todo sin consumir más que alguna copa, cuando lo hacía, porque generalmente no pasaba de alguna Coca-Cola. Al igual que Tony, yo había aprendido pronto que no necesitaba drogas ni alcohol para divertirme.
Entiendo esas ansias de Tony mientras espera el sábado tras haber estado currando y aguantando las broncas familiares. Entiendo su juventud inquieta, ruda y rebelde, su coraza de seguridad en sí mismo, su preocupación por su imagen, su contundente y a menudo hiriente franqueza, sus ganas de divertirse y de huir de la asquerosa realidad y sentirse admirado por una vez en la vida mientras hace lo que mejor sabe hacer.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Porque, cuando suenan los sones de los Bee Gees y él se encuentra sobre ese suelo de metacrilato transparente, bajo esa bola de espejos que multiplican los reflejos policromados, en esa atmósfera adictiva que expulsa los sinsabores, Tony Manero es el rey. Más allá de esos dominios indiscutibles, más allá de su ropa fashion, de su peinado y de su habilidad para el baile, él es un pobre diablo listo e íntegro que no tiene claro qué hacer.
Un joven como tantos, pensando en apurar la noche del sábado, gastándose lo poco que haya podido ganar en el trabajo o lo que haya sacado a sus padres. Noches de juerga, compadreo con los amigos, sexo... Pero Tony, pese a toda su fachada, tiene algo más en la cabeza y en el corazón, tiene alguna cualidad que hace que sus amigos confíen en él ciegamente y lo admiren, que provoca que muchas chicas de pocas luces lo persigan, y que le ayuda a conservar la lucidez.
Tiene integridad. Es presumido, es chulo, es brutalmente directo, a veces dan ganas de darle un par de bofetones para bajarle los humos y la mala leche. Pero también es encantador y honesto.
Los Bee Gees han sido la banda sonora vital de muchos de los que vivieron en sus carnes aquellos setenta de camisas ceñidas de cuello largo, aquellos pantalones ajustados y acampanados, aquellos cabellos ahuecados, aquellos zapatos de tacón alto.
Y aquellas ganas de comerse el sábado como si fuese la última vez que iban a bailar hasta desfallecer bajo una bola iridiscente que giraba sin cesar, con el enloquecido ritmo de un mundo que se desvanecía bajo los pies.
Vivoleyendo 
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