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CINE HABLADO
En el tren Budapest-París coinciden como vecinos de asiento un estudiante norteamericano, que al día siguiente vuela a su país desde Viena, y una estudiante francesa, que vuelve a casa. Congenian de inmediato. Deciden apearse ambos en Viena, con idea de pasar unas horas juntos.
Para desarrollar y llenar el esquema, la película apuesta fuertemente por el diálogo intimista, al estilo de la Nouvelle Vague francesa.
Se da una conversación acelerada e ininterrumpida, en la que cabe cualquier asunto. Sin que el guión se detenga a distinguir entre lo significativo y lo banal, se habla de la religión, la reencarnación, el amor verdadero, los traumas infantiles o la incertidumbre ante el futuro, entre otros temas de rango filosófico, que alternan sin progresión con pasajes muy triviales, creando frecuente efecto de palabrería.
Entre vistas de Viena, Jesse y Céline viven su aproximación como un tiempo de ensueño, sin ilusiones ni proyectos, ganado al calendario, suspendido al margen de la vida diaria.
Cada uno encarna un sueño del otro, simultáneamente.
Como en la pintura puntillista de Seurat (se detienen ante carteles de una exposición suya, los comentan), la atmósfera misteriosa de la ciudad es más fuerte que las personas. Disolviendo sus contornos, las convierte en 'figuras transitorias'.
LO PEOR: El diálogo excesivo y sin organizar. Se echa en falta una cámara con más iniciativa y protagonismo, para equilibrar con mayor viveza de la imagen el peso masivo de las palabras.
LO MEJOR: Cierta conversación telefónica...
UNA VIRTUD SINGULAR: La película propicia que multitud de espectadores proyecten sobre ella intensas ilusiones románticas. Es una rara y valiosa virtud.
Lupo 
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