Tippi Hedren sube al bote y comienza a cruzar la bahía. Entonces sucede algo que nos inquieta: se detiene el tiempo cinematográfico y pasa a coincidir con el tiempo real. El sonido cotidiano del fuera borda se nos antoja extraño, excepcional. Surge una pacífica angustia, la misma que tienen los marineros en medio de una calma absoluta. Y el pájaro escoge ese momento para atacar por primera vez: nada más lógico.
A partir de ahí, hasta la imagen final, todos nuestros esfuerzos por encontrar una respuesta a la conducta de los pájaros se inician siempre en el mismo pensamiento: aquella está provocada por la llegada de Tippi Hedren. Lo que más nos aterroriza del interminable crescendo de ataques es la plena consciencia de que éstos responden a una lógica muy precisa pero demasiado abstracta para formularla; con la excepción de que están relacionados con la llegada de Tippi Hedren (elemento extraño que desencadena cambios en un medio que se creía inalterable). Este carácter ineluctable de los procesos, que nosotros asimilamos siempre al reino animal, también nos aterroriza, porque nos deja moralmente desvalidos.
El mecanismo es imparable, las barreras de lo soportable se van traspasando y se alcanza el clímax con...
spoiler:
la muerte de la maestra, horrible y, lo que es peor, gratuita. Ya todo puede suceder: es una clase de terrorismo psicológico imposible de aguantar.
Al final, Tippi Hedren vuelve a cruzar la bahía en sentido contrario y todos los procesos han terminado de desatarse. Y nuestra búsqueda de sentido sigue como al principio.
Quizás los pájaros atacan para que nos preguntemos por qué atacan.