Uno de esos escasos relatos que poseen una fuerza descomunal, desarmadora, que logra destrozar la ficción para convertirse en emoción. Es el retrato más clarividente de la preadolescencia jamás rodado, y también de la inocencia y el deseo primigenio que habitan en todo hombre. Sin artificios baratos y con gran imaginación quedan esculpidas las pulsiones más primitivas del niño-hombre. Ahí está el despertar sexual, reflejando como su vertiente más salvaje es también la más humana, y también están el miedo, el odio y el amor como una argamasa indescifrable sujeta a los instintos.
Las impresiones abstractas, la mirada lírica y todo lo que asociamos con poesía surge sin estridencias, en combinación perfecta con la realidad narrativa, demostrando que la poesía más cercana es también la que más se eleva. Y así, todo el conjunto nos remite a la frustración eterna de lo inalcanzable.
Hay centenares de atributos a mencionar: La música y los sonidos guturales; la acertada ambientación y recreación del escenario del tedio y la miseria; la crudísima estampa de la familia; los personajes y sus metáforas y ese cierto toque fantástico, onírico y lunático que lo cubre todo. Una película tan llena que rebosa vida, que es asco, que es dolor, y que es esperanza.
spoiler:
La narración experimenta un ‘in crescendo’ poético que culmina con la magnífica plasmación del infinito vacío de la melancolía y que, lejos de finezas y cursilerías, logra revelar la importancia de los sueños como causa de vida. Sólo se me ocurre pensar que la prematura muerte de Jean-Claude Lauzon nos privó de uno de los grandes talentos cinematográficos de nuestra época.