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LOS CAMINOS DEL SEÑOR SON INESCRUTABLES
Nominada al Oscar a mejor película extranjera, Después de la boda supone la confirmación de una de las voces más seductoras del reciente cine europeo. Tal es el impacto de su obra, que Hollywood ya está pergeñando el remake de dos de sus cintas (Te quiero pasa siempre y Hermanos), y la productora de Spielberg ya la ha fichado para hacer las Américas (Things we lost in the fire). Y es que el cine de Susanne Bier reúne el exquisito gusto por el melodrama de Douglas Sirk (Escrito sobre el viento, Ángeles sin brillo, Imitación a la vida…), la facultad indagadora de Bergman (Persona, Secretos de un matrimonio, Saraband…) y los elementos estéticos más refrescantes del Dogma (La herencia, Celebración). Casi nada. Con tamaña carta de presentación, sólo encuentro parangón en otros talentos igual de sensibles, Todd Field (En la habitación, Juegos secretos) e Isabel Coixet (La vida secreta de las palabras, Mi vida sin mí), capaces ambos de realizar lo que ya se conoce por estos lares como “culebrón de autor”.
La directora danesa sigue interesada en los secretos familiares. Con lo escrutador de su cámara en mano, en Después de la boda sus personajes vuelven a estar al límite. La fatalidad y el destino le permiten analizar de tal forma los dilemas morales y emocionales de sus protagonistas que uno acaba experimentado la misma agonía que ellos. Lenta e inexorablemente, el drama se va asentando en cuerpo y alma. Además, cuando nuestra credulidad corre peligro, es decir, cuando asoma el patetismo a causa de un exceso melodramático que no deja de ser sino mera subjetividad, aparecen unas elipsis tan apremiantes como vivificantes, la brillantez de un guión fabricado sobre moldes conocidos, sí, pero con un pulso tan firme e introspectivo que no hay cabo suelto que se precie, lo que suele ocurrir generalmente cuando se desatan las pasiones.
No desaprovechen la oportunidad de acercarse a una gran cineasta, a historias repletas de reflexión donde la fuerza de lo inesperado se cobra sus víctimas. Sólo hay que dejarse llevar por la intensidad que desprenden sus actores. Con tales interpretaciones, el compromiso del espectador es absoluto.
La Maga 
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