|
EL HOMBRE TRANQUILO
El gran John Wayne nos regaló un inmortal personaje cuyas pasiones hacían salir su fuerza (interior y exterior) en el bello y bucólico canto de amor a Irlanda que John Ford dedicó a su país natal. WHISKY, trata sobre otro hombre tranquilo, pero esta vez radicalmente diferente: Falto de emociones, inexpresivo, rutinario, instalado en su -exento de estrés- día a día. Un gélido, ascético hombre cuya visita de su hermano, que vive en otro país, "trastocará" su existencia.
Se trata de un notabilísimo film, que adopta recursos narrativos peligrosísimos, que exigen un público con un mínimo de cinefilia, sensibilidad y paciencia. No es, vamos, para todos los públicos. Lenta y repetitiva, acierta, sin embargo, al quedar demostrado su uso no gratuito de tales, insisto, peligrosísimos y disuasorios elementos de narración. Por tanto, un notable para tan valiente historia. Ser lento porque sí y la recreación por la recreación, por pura y simple ínfula de autor resulta cargante. Toma nota, Haneke.
Es, en fin, una desmostración de cómo la rutina transita por vastos caminos que conducen a esa Roma que es nuestra existencia y de su acomodo en ella, sin que nos demos cuenta o porque seamos permisivos para con esa forma de progresivo desapasionamiento por las cosas. Lo cual, si se disecciona la realidad política, emocional, cultural, social, personal, mundial y, por tanto, global, no se hace extraño que recibamos a la rutina con contradictorias palmas, cual si se tratara de Jesucristo entrando en Jerusalén. Una aburrida existencia la que viven los personajes que nos ocupan, siendo testigos de sus repetitivos devenires, que se revelan para nosotros en toda una declaración de principios, en un aviso de nuestro apego, para bien y para mal, a una forma rutinaria de existencia.
Un contundente ejemplo de las infrecuentes pero existentes bondades del cine lento y repetitivo, que ya demostraron LOST IN TRANSLATION; PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO... Y PRIMAVERA; o la reciente EL GRAN SILENCIO.
Joan 
|