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El último gran clásico
“Sin perdón” es la última gran película del Oeste que se ha filmado en los últimos años. Es una película muy trabajada, muy pensada y muy madurada en la mente del director, pues, no en vano, pasaron nueve años desde que Eastwood compró el texto original de David Webb Peoples, hasta que se decidió a convertirlo en cine. Nueve años en la “bodega” personal de Eastwood, dejando que la historia, como si de una botella de vino se tratase, cogiera forma y madurase lo suficiente como para convertirse en lo que se convirtió, un film digerido, de esos que no necesitan que el paso del tiempo los curta y los fortalezca lo suficiente como para ser considerado un clásico. “Sin perdón” es un clásico desde su primera visualización.
Sus anteriores personajes, estaban hechos “de otra pasta”; inmutables y decididos, sus protagonistas, por regla general, pertenecen a un universo moral muy distante al del resto de los mortales. Pero William Munny es, precisamente, la sombra de lo que fue. Un forajido retirado, marcado por la muerte de su esposa, que parece haber perdido todo la habilidad que le había caracterizado en pasados capítulos de su vida.
A este Bill Munny se le comprende, se le compadece e incluso se le perdona por el público desde que Eastwood comienza a narrar su historia. Contribuye a ello en buena parte, el honesto personaje de Ned Logan (Morgan Freeman), su único amigo, y quien casi sin pestañear decide acompañarle en su nuevo periplo. Logan tiene una mirada protectora, porque conoce muy bien a Munny, sabe lo que fue, y sabe en lo que se ha convertido, y el conocimiento exhaustivo de sus circunstancias no le permite juzgarle.
La historia está contada desde un realismo atípico en la concepción visual del “western”, en un intencionado intento por demostrar que este género, no necesita de la épica para ser narrado con emotividad y sentimiento.
El popular reparto de la cinta, acrecienta los méritos de la misma; además de los dos personajes ya nombrados, destaca entre el resto, el personaje interpretado por Gene Hackman, un sheriff autoritario y sin oposición en el pueblo, que se resiste a perder la parcela de poder que ha conseguido con el tiempo, sean cuales sean los medios necesarios para ello. Brilla, también, con luz propia el tipo al que da vida Richard Harris (Bob “el Inglés”), quien a pesar de la triste brevedad de su interpretación, queda perfectamente retratado a través de su indumentaria y sus ademanes (además de la peculiaridad de llevar un biógrafo consigo).
Pero una gran historia y buenas interpretaciones no bastan para que una película pase a formar parte de las grandes del género; precisa tener una seña de identidad que la distinga claramente del resto. En “Sin perdón”, ese elemento característico es, sin duda, su final; una impactante e inesperada metamorfosis, con el efecto de un soberbio puñetazo sobre la mesa, que deja boquiabierto al espectador mientras observa abrumado los créditos finales.
Josey Wales 
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