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Broche de oro
Calificar a esta soberbia película de "obra maestra" es decir poco de ella para expresar lo que provoca en el espectador. Si Peter Jackson nos hizo vibrar con la sublime adaptación al cine de las dos primeras partes de la trilogía del maestro J.R.R Tolkien "El señor de los anillos", aquí, se supera a sí mismo (aunque parezca imposible) y entrega la mejor cinta de aventuras del siglo. La emoción, el drama de la batalla, el honor, la amistad, el amor, la añoranza del hogar, el miedo a la muerte, el valor y un sinfín de preciosos sentimientos más son plasmados por Jackson en la pantalla con una belleza superlativa, una manera insuperable de captar el sentido de la obra literaria.
Si alguien (ha quedado demostrado que ha sido la ridícula minoría) que no acabara de sumergirse en el mundo de Tolkien encontró "La comunidad del anillo" o "Las dos torres" como fallidas cintas comerciales, cualquier ser racional que se acerque a ver esta obra magna seguro no osará hacer tal cosa, pues nunca doscientos minutos de metraje habían estados tan empapados de emoción en cada segundo de duración, de batallas decisorias, de nuevos desafíos y de, en definitiva, la mejor aventura que se puede imaginar, pues "El retorno del rey" es La aventura, en el mejor sentido de la palabra.
Pequeñas (pese a ser magníficas) se han quedado las dos partes anteriores ante la grandeza de ésta, que además, todo espectador que asista a ella coincidirá en que es lo más espectacular que ha visto en una pantalla cinematográfica: millones de combatientes luchando a sangre viva durante todo el metraje en una batalla antológica, la de los campos del Pelennor: soldados defendiendo el bien caen en la batalla, caballos y guerreros son aplastados por las piedras de catapultas con una espectacularidad, emoción y brutalidad que la hacen, más que una película, una Experiencia.
Experiencia que viene ayudada por la preciosa música (ya antológica, un canto al heroísmo y la aventura); la bellísima puesta en escena (se le abren a uno los ojos como platos cuando ve reflejado en pantalla un escenario como Minas Tirith, tal y como Tolkien los describió); los momentos culme, tan conseguidos como en el libro, como la escena del Monte del Destino o la primacía del honor de una mujer guerrera sobre el poder de una bestia inmortal sin escrúpulos, el Señor de los Nazgûl; los superlativos efectos especiales; la fidelidad al libro (cambiando su estructura con desmedida genialidad para hacer la historia más cinematográfica), y, en definitiva, todo.
En resumen, un precioso, épico y disfrutable acontecimiento que pasará, junto a las dos películas anteriores, a engrosar la lista de las películas "mayores" de la historia del cine, una de las mejores experiencias que puede un espectador vivir en una sala de cine.
Vincent 
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