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En un mundo en el que poblaciones enteras pueden ser aniquiladas sin dañar un solo ladrillo, ¿se puede seguir escribiendo ciencia ficción?.
Como si de la mismísima Pandora se tratara, este caja de los mil secretos e intrigas plantea su mejor pregunta en forma de infinito laberinto “kafkiano”, tejiendo una tela de araña tan espesa como sepultural. Y es que si la clave de este magnifico juguete diabólico es una rata (ilustración físico-quántica de un soberbio Timothy Hutton) pretendiendo surcar y descifrar los entresijos de un rompecabezas al que ha sido sometida en contra de su voluntad (como reza la tenebrosa secuencia de créditos iniciales), las respuestas a dicho enigma son tan inverosímiles como infinitas. Porque esta fábula de política-ficción es el más perfecto análisis cinematográfico de la paranoia humana actual, sumida ante las realidades de un mundo cada vez más cercano al universo de Asimov que al sucio “environment” que hace poco nos desvelaba Al Gore en su impuesto documental.
Balizando sobre los resortes del suspense clásico, y subrayando como coartada de fondo el thriller conspiratorio (al igual que ocurría en la no muy distante “Halloween III”), Monzón ejecuta con impresionante dominio artitrico un discurso de hoy en día, una charla subyacente que toma como modelo la introspección de unos personajes que, como si de fichas de ajedrez se trataran, se ven envueltos en un revuelo de asesinatos y suicidios tan catárticos como improbables. De ese modo “La Caja Kovak” destila clasicismo y elegancia, mientras se proclama cúspide aleatoria y referencial, ofreciendo un malévolo juego a pachas con el espectador: ya no se trata solo de adivinar los entresijos de una trama inspiradísima, sino de juzgar cada acto de respuesta como un paso adelante en la evolución humanoide.
Y es en su traca final en donde Monzón exhibe sus patentes análisis socio-universales, cerrando este su mejor film hasta fecha a base de refritos y exfoliaciones cinefagas (ese Gloomy Sunday que ya sonaba en “El funeral” de Ferrara), porque lo que comienza como un “policiaco” de asesino-victima se trasforma en una coctelera referencial capaz de explorar en un mismo plano los ansiolíticos edemas del mejor Lynch con los resolutorios meritos del Hitchcock más intrépido. Sin olvidarnos que este espléndido artilugio es capaz de implicar a sus protagonistas en un terrorífico pasatiempo de incertidumbre, al igual que lo hacían los sufridos jóvenes de “El arte de morir”. Y para rematar la faena nada mejor que ese David Kelly como perfecto emulo de Tobin Bell, cuan “Jig-saw”, en constante estado de inspiración filosófica y revolucionaria.
Lo mejor: Su perfecto planteamiento formal.
Lo peor: Quien busque respuestas a todo.
Clark 
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