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LOST IN VERSALLES
Inspirada en la biografía de Stefan Zweig, el ensayo de Antonia Fraser, y los cantos a la decadencia y la obsesión enfermiza (New Order, The Strokes, Air…).
En 2002, Alexandr Sokurov rueda El arca rusa. Lo que en principio pudiera parecer una simple y soporífera visita por el museo más grande del mundo, el Hermitage de San Petersburgo, se convertía, por méritos propios, en una asombrosa experiencia cinematográfica. Una virtuosidad sin precedentes acogía, a lo largo y ancho de sus 33 habitaciones, una de las propuestas más radicales, desde el punto de vista del lenguaje, de toda la historia del cine. La inmensidad de tal desafío reportaba la sensación de estar presenciando un experimento narrativo único, un hito al alcance de poquísimos cineastas: un Eisenstein, un Welles, un Kubrick, un Oliveira…, una Coppola.
Se cierra una trilogía psicodélicamente pop acerca de la soledad femenina moderna (Lost in Translation) y su falta de posibilidades para forjarse libremente (Las vírgenes suicidas). Y al igual que el director ruso, su creadora se reivindica definitivamente como una modernista del siglo XXI. Comparte con ellos una aguda conciencia del pasado y un sentido muy moderno de transmitirlo. En María Antonieta, alejada de todo chovinismo, a Sofia Coppola le resbalan sus anacronismos políticos o históricos, a ella le van las analogías, las distorsiones ópticas y las perspectivas, ir a contracorriente, llevar su estilo hasta sus últimas consecuencias (la locura genialidad de un tal Francis asoma), y de paso, rescatar a su musa, Kirsten Dunst (fantástica, atención al plano en que nos mira tumbada abanico en mano), de estúpidas comedias románticas. Es una escenógrafa nata, y por eso, capaz de transformar su chispeante envoltorio en contenido, su aparente y superficial frialdad, su pueril y pretenciosa ligereza, en excéntrica sensibilidad y audaz introspección. Sólo un pequeño bajón tras el baile de máscaras, algunas elecciones musicales no tan inspiradas, y un desconcertante abandono del punto de vista en su parte final (adiós burbuja social), fueras de juego tan momentáneos como anhelantes, empañan este tratado sobre el bucolismo de Versalles, lujosos divertimentos cortesanos arropados por pasteles, horizontes y destellos. ¿Vacía? El único vacío que encontrarán es el de nuestro propio consumismo, el regreso a los excesos de clase y la separación social y comunicativa en que nos encontramos. ¡Que la disfruten!
La Maga 
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