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Harrison Ford y la nostalgia bendita
Tras "En busca del arca perdida", más de uno se lanzó a por su propia aventura y, no en vano, aparecieron algunos trabajos de entre los cuales poquísimos fueron admirados (entre los que se contarían "Tras el corazón verde" de Robert Zemeckis), pero quien mejor que el propio Spielberg para rearmar un género que dejó a miles de espectadores en vilo años antes y al que aun se le podía sacar mucho más partido.
Y vaya si lo hizo: "Indiana Jones y El templo maldito" resultó ser un film trepidante, explosivo, frenético, entretenido, ágil, vertical, atronador, veloz, intenso, vivaz, diligente, potente, vibrante, rompedor, emocionante, vertiginoso, atrevido, locuaz, convulso, divertido, desinhibido, apasionante, tenso, raudo y brillante.
Una vez leída esta colección de adjetivos, para lo único que debe prepararse uno es para un viaje lisérgico, para un pim, pam, pum enérgico, un no parar durante casi dos horas que ofrece a la segunda entrega de la saga un aire fresco y vivaracho para terminar con una conclusión que, no sólo resulta arrolladora, sino también emocionante, entrañable y tremendamente nostálgica, una de esas conclusiones que parece mentira que tras todos esos minutos tan intensos logre dar un último reposo para zanjar de un modo tan melancólico y radiante dejando el auténtico poso de una verdadera aventura romántica como las de antaño. Donde el polvo de las grutas no se veía, se respiraba, su humedad no se intuía, se palpaba, y sus afilados cascotes no se dejaban ver, te mantenían en vilo a expensas de saber cual sería el próximo reto de esos pequeños grandes héroes que te tenían pegado a la pantalla y cual su próxima reacción.
Grandine 
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