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Amores que duelen.
¡Qué fácil parece hacer buen cine cuando lo hace Clint!, que bien lo sabe contar todo, con que fluidez, alejado de clichés trillados y, en este caso, de recursos facilones del cine de amor. Es admirable que un tipo que ha hecho de duro mejor que ningún otro, sea capaz de sacar aquí el hombre sensible que lleva dentro para regalarnos la historia de amor imposible más perfecta que un servidor ha visto hasta el momento.
Hay que ser, desde luego, muy poco romántico, para que esta película no te remueva algo en tu interior, y es que el hecho de ver a los dos protagonistas convertidos en marionetas movidas por un cruel y caprichoso Cupido, que disfruta a veces más haciendo sufrir, que haciendo amar, como sería su obligación, resulta, además de hiperrealista a más no poder, de una tristeza y melancolía absolutas. Y es que aquí el amor duele, no se disfruta, se padece como pocas veces se ha podido ver en el celuloide.
La historia esta tan bien contada, que sacarle al guión alguna pega es casi imposible, todo se nos muestra de un modo tan creíble que se le hacen a uno los personajes familiares desde el primer momento, gracias a secuencias inolvidables como cuando Robert se presta a ayudar a Francesca a preparar la cena, y gracias al talento de los dos actores, la escena rezuma una pasión y un deseo entre ambos que fluye de manera natural, sin necesidad de efectismos.
Si hablamos de las interpretaciones, hay que poner punto y aparte, simplemente diré que si algún día de mi vida estuve cerca de la homosexualidad, debió ser viendo esta película. No enamorarse de Robert Kincaid solo está al alcance de los muy machotes, desde luego, pocos personajes han logrado en el cine esa mezcla de misterio, exotismo, y trato agradable de ese fotógrafo trotamundos con mil historias que contar en la mochila, y con una penetrante mirada capaz de hacerle recordar a Francesca unas sensaciones que ya creía enterradas en lo más profundo de su cerebro. Meryl Streep, en mi humilde opinión, en esta película se sale del mapa.
En cuanto a la fotografía, yo no entiendo mucho, pero los parajes de Madison que se nos muestran cuando Robert va a fotografiar el puente con ella, me parecieron tan hermosos como la propia película, supongo que el fotógrafo tuvo algo que ver, ¿no?, la verdad es que cada vez que veo esa escena me dan unas ganas tremendas de pasar el día en el campo, ¡¡qué felices se les ve a los dos puñeteros!!, ¡¡qué incautos!!, ¡y que buenas debían de estar esas cervezas frías!.
A veces el amor aparece cuando menos debe hacerlo, y las heridas que deja son eternas, como los puentes bien construidos, para siempre, o casi.....
Obra maestra, 10.
Castigado sin cenar 
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