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Otra soberana lección de todo.
Película tras película, Clint Eastwood demuestra ser, hoy por hoy, uno de los más clarividentes, estruendosos y soberbios cineastas que hay. "Mystic river" es una soberana lección de hacer cine, embebido de signo y señales de clasicismo, por su rectitud, eficacia y nobleza en la puesta en escena, pero preñada también de la mala hostia contenida que acompaña casi siempre al cineasta, un, aunque no lo parezca, tipo rebelado fieramente, pero con desarmante racionalidad, hacia el imperfecto y cabrón mundo que vive cotidianamente.
"Mystic river" comienza con la historia de tres adolescentes, a los que marcará un hecho que luego resultará crucial para el futuro: uno de ellos (Robbins) será secuestrado y engañado por dos tipos que se hacen pasar por policías, siendo objeto de penalidades y pederastia. Este hecho condicionará las estrechas relaciones adolescentes de los adultos posteriores, hasta que el trágico asesinato de la hija de uno de ellos (Penn) saca a la superficie, otra vez, la metralla anquilosada, intrínseca e hiriente, y más cuando el otro componente del trío (Bacon) es es inspector-jefe de policía que ha de investigar el caso.
Con este argumento, Eastwood y el gran guión de Brian Helgeland, tejen una obra maestra con forma de policiaco absorbente y muy narrativo, acerca de las oscuridades del oficio de vivir, de la torpeza de lo momentáneo, de la peligrosidad de las apariencias, sobre la confianza, la amistad, la familia y las inocencias no ya perdidas, sino infinitamente enterradas. En definitiva, acerca de la absoluta certeza de la relatividad de la existencia.
Rodeado de un soberbio grupo de actores, de lo mejor del cine USA contemporáneo, Eastwood vuelve a dar en la diana con elegancia, toneladas de maravillosa madurez y una ametralladora de cine a todo pulmón y de incorruptible pureza oxigenante. Algo cojonudo, pues, y sin prescripción médica.
kafka 
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